Tu cultura es algo ordinario

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Artículo originalmente publicado en Nativa.cat

Hace algunos años, un reputado violinista estadounidense interpretó varias piezas de música clásica en el metro de Washington. Fue en la estación l’Enfant Plaza, en el barrio Southwest Federal Center de Washington D.C, un distrito comercial repleto de oficinas del gobierno estadounidense.

Nadie lo sabía, pero a las 7:50h de la mañana y durante una hora, la gente que se dirigía apresuradamente a su trabajo se iban a cruzar a «uno de los mejores intérpretes de música clásica en el mundo tocando algunos de los temas más elegantes de la música jamás escritos con uno de los violines más valiosos jamás construidos». El músico era Joshua Bell, los temas eran de Johann Sebastian Bach y el violín era un Stradivarius tasado en 3 millones y medio de dólares.

El tinglado estaba organizado por The Washington Post y fue narrado como un “experimento social” con el objetivo de contestar la siguiente pregunta: En un momento inoportuno y localizada en un escenario banal, ¿trascendería la belleza? En un contexto incongruente, ¿podría la gente común reconocer a un genio?. Y, Oh sorpresa, resultó que noEl artículo que incluía la noticia y recogía los resultados no tiene desperdicio. Como apenas nadie se paró a escuchar al violinista, las personas que pasaron por delante del virtuoso se convirtieron automáticamente en una masa adocenada. Gente gris incapaz de degustar la belleza, imbuida en sus teléfonos móviles «en una danza macabra e indiferente; la inercia y lúgubre prisa de la modernidad» Más allá de algunas disquisiciones sobre la importancia del contexto, el Washington Post olvida algunos detalles, elementos importantes que conocemos porque pertenecen a nuestra base empírica diaria.

En primer lugar, sabemos que el supuesto impulso espiritual por degustar la belleza está determinado por una necesidad bastante más palpable: hay que trabajar para comer y no podemos elegir dejar de hacer ni una cosa ni la otra. En segundo lugar, otro detalle no menos importante: sabemos que el gusto es algo socialmente construido y que uno no va a degustar algo que desconoce y que el contexto no invita a contemplar en un momento donde su elección está altamente determinada. Si la gente que pasaba a esa hora por el metro se hubiera encontrado a Justin Bieber tal vez hubiera llegado tarde al trabajo. Pero seguro las preguntas serían otras y el “experimento social” no pretendería hablar sobre la crisis moral de la modernidad ni de una belleza universal e intemporal que pasa desapercibida a paladares descafeinados. Más bien, hubiera servido para hablar de la vulgaridad del fenómeno fan más despreciable, un fenómeno cultural que, al parecer, invita a ser ridiculizado. De hecho, Joshua Bell evitó tocar melodías populares cuya familiaridad podrían haber atraído a mucha gente. No deja de ser gracioso que el músico optara por cambiar sus signos de distinción corporales (me refiero a su ropa, vaya) y vistiera con unos tejanos y gorra de béisbol. La propuesta, en definitiva, parece insinuar que el acceso al goce estético que custodia la Alta Cultura necesita un capital cultural que no posee cualquiera o, como mínimo, un contexto determinado parecido a las salas de música clásica que no todo el mundo está dispuesto o tiene la posibilidad de visitar.

El tratamiento de la noticia en medios nacionales hace mayor hincapié en esa idea de fondo hasta llevarla a la caricatura: que la belleza es monopolio de la música de cámara y que la sociedad es incapaz de detectarla en su vida ordinaria. El Mundo lo titulaba: un virtuoso del violín, ignorado al tocar en el metro de Washington. El País optaba por la belleza pasa desapercibida. Un medio digital subrayaba la incapacidad por valorar a un músico que el día anterior había llenado un teatro con butacas a 100€. The Guardian, en el que tal vez sea el tratamiento más clasista de la noticia –algo que sobrevuela de principio a fin el “experimento”– lo titulaba Joshua Bell: no es el típico músico ambulante.

Más allá de sus objetivos, lo verdaderamente preocupante es que esta broma con cámara oculta (perdón, “experimento social”) lleva a los típicos relatos que ven la cultura como algo extraordinario, algo único y especial que se manifiesta delante nuestro en momentos contados y que debemos ser capaces de captar. Es decir, se da a entender que la producción cultural es algo completamente espiritualizado, una perspectiva que reproduce los patrones normativos de la estética idealista. El Arte y la Cultura, aquellas expresiones estéticas verdaderas, no tienen que ver con nuestras mundanas formas de vida, sino con la persecución de un absoluto que las trasciende. Un hecho cultural incoloro, objetivamente bello y, por momentos, la verdad es que bastante aburrido.

Ya hace más de medio siglo, Raymond Williams se enfrentó a estas y otras posiciones que o bien entendían la cultura como un hecho trascendente (estética idealista) o que la entendían como algo poco relevante para entender o empujar el cambio social (marxismo estructuralista).

Por un lado, para Williams la cultura no es simplemente algo que consumimos o un proceso espiritual que nos revela una verdad absoluta que nuestro corto entendimiento no logra descodificar. Decía Williams que «no hay una clase social ni un grupo de personas especiales que sean las únicas implicadas en la creación de significados y valores, ni en sentido general ni específicamente en el del arte y las creencias».

Por otro lado, Williams no aceptaba la posición más economicista del marxismo que relegaba los fenómenos culturales a un estatuto secundario. Para Williams la cultura no es simplemente el reflejo de las condiciones materiales bajo las que vivimos en sociedad sino que la cultura es constitutiva de lo social. No separar la cultura de su base material no significaba para Williams entenderlo como algo meramente determinado por las fuerzas económicas. Que lo económico tenga una capacidad objetiva de ordenar lo social, no significa que no tengamos capacidad de acción en una vida altamente economizada. Nuestras formas de vida producen y están constituidas por procesos culturales dinámicos que nos configuran como comunidad y que tienen capacidad para cambiar las formas de organización social.

Decía Williams que la cultura es algo ordinario. Algo que ocurre y se produce cotidianamente de manera altamente compleja. Es el conjunto de descripciones disponibles –históricamente construídas y continuamente transformadas– con que la gente damos sentido y reflexionamos acerca de nuestras experiencias y prácticas comunes. La cultura también es algo que se produce en nuestros quehaceres cotidianos, como acumulación de signos y valores que pueden ser contradictorios, ampliamente compartidos o, en sociedades culturalmente vivas, en continua disputa. También, aunque no guste reconocerlo, la cultura está imbricada en todas las prácticas sociales, incluso las más consumistas. La cultura no es algo que ocurre, sino que nos ocurre. La cultura no es algo que simplemente producimos o consumimos sino algo que nos constituye y que, como parte de seres reflexivos, es un proceso cambiante y conflictivo.

No deja de ser sorprendente que estas aportaciones del materialismo cultural siempre se ignoren, sobre todo cuando se quiere reificar la existencia de una cultura que escapa a lo ordinario y que contiene una belleza originaria del tal magnitud que incluso pasa desapercibida a nuestros ojos.

La única constatación más o menos creíble que contiene la performance del violinista Joshua Bell es que, si podemos mantener al margen la importancia de nuestro capital cultural, el contexto de recepción importa. Pero la verdad es que para ese viaje, no hacían falta tan distinguidas alforjas: que el contexto importa es una obviedad tremenda. En cambio, una propuesta a ensayar por el equipo de sociología cultural del Washington Post podría ser que, en lugar de acercarse a la muchedumbre con acciones matutinas en el metro, Joshua Bell diera acceso gratuito a sus conciertos de 100€. Afortunadamente, algo parecido ya se hace periódicamente en muchas redes de museos. El resultado deja bastante en evidencia todas las simplonadas clasistas que suelen lanzar algunos medios cuando hablan de esa “cultura”.

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