Archivo de la etiqueta: comunidad

El precio de la comunidad

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Ayer salía en La Vanguardia un reportaje bastante oscuro donde se relacionaba vivir en común y  tener una vida comunal con pagar un alquiler loquérrimo de entre 1.400€-1.900€/mes. Detrás de estos “comunales” no están los principios de los bienes comunes de Elinor Ostrom ni los deseos de Piotr Kropotkin, sino grandes empresas que basan sus modelos de negocio en mercantilizar las relaciones y la anomia.  Para qué andarse con rodeos: a life style design bussiness accelerator.

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¿Comunidades para arreglar los fallos del mercado?

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Hoy he estado dando una clase en el “Máster en Investigación y Experimentación en Diseño” de la BAU (gracias a Jaron Rowan  por la invitación). Espero que para los alumnos haya sido interesante, para mi ha sido muy útil y un gusto pensar juntos. Era un grupo joven de estudiantes, iniciados en algunos temas, con ganas y con muy buenas intuiciones. Y lo más importante: con buena actitud para problematizar sus posiciones. Ojo, que esto no pasa siempre. Ya no digo en las aulas, me refiero a la vida, en general. El caso es que ha sido una buena sesión en la que he intentado situarles el debate político que esconde la innovación social. El marco crítico del que parte el Máster era perfecto para eso.

Su perfil profesional no es sencillo. Supongo que, intentando dedicarse al diseño, les han surgido preocupaciones sociales que quieren articular con su trabajo. Y que intentarán que no sean una serie de valores “añadidos” o “supeditados” a su perfil profesional o parte de un nuevo espíritu de empresa “más social”. Querrán que su trabajo sea una práctica “socialmente transformadora” que perdure y que no esté subordinada a un mercado injusto. Les llamarán diseñadores sociales. Les llamarán emprendedoras sociales. Y eso les produce un montón de contradicciones.

Ya existen mercados del diseño social ahí fuera esperando a expertos, consultores y cazatendencias que sepan cómo funcionan “las prácticas sociales emancipadoras”. Y que las repliquen en otros contextos, y que acompañen a las “comunidades de afectados” y que sean los nuevos colonos. Más mercancías ficticias para un ciclo nuevo de bonanza económica. Ese mercado del diseño social les produce cortocircuitos. Les produce incertidumbre porque lo que quieren es crear “una alternativa a lo que tenemos”. Sospechan que igual se están amoldando a ese ciclo nuevo que se muestra hacia fuera como un mercado más social y más innovador pero que por dentro está relleno del mismo tipo de acumulación por desposesión que ya han conocido. Seguir leyendo ¿Comunidades para arreglar los fallos del mercado?

En deuda con una dulce comunidad

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texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat 

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1. Dulce trabajo

Mi familia ha trabajado toda su vida en un oficio tan apasionado como sufrido, la pastelería artesanal. Mi padre, siempre cerca de un horno y un rodillo. Mi madre, tras un mostrador atendiendo al público y dedicada casi en solitario a las tareas domésticas. Lo apasionado de este oficio seguro podéis intuirlo. Hacer todo tipo de postres, bollería o repostería artesanalmente es algo que te inyecta vocación aunque te resistas. Lo sufrido, entre otros detalles no menores, horarios de trabajo infernales.

Todos los días fijados como festivos en el calendario, se marcan en varios círculos rojos en la agenda laboral de una pastelería. Esos días, cuando casi todo el mundo descansa, en las pastelerías se solapan turnos de trabajo que harían saltar en pedazos cualquier máquina para fichar. Las cocas para la verbena de San Juan, turrones, polvorones y cestas para la campaña de Navidad, monas de Pascua para la Semana Santa y así un largo etcétera que cubre todos los días festivos del año. Todo eso significa hacer horarios interminables para servir productos del día. En una pastelería se madruga mucho. Muchísimo. Y si es un negocio propio y de base familiar, la jornada laboral, literalmente, no tiene fin.

Durante una época lo viví en primera persona. Antes y durante mis estudios de grado en la facultad, colaboraba trabajando algunos fines de semana y festivos y, en fin, es un trabajo duro. Imaginad la cara de poker que siempre se nos quedaba cuando alguien, tras decirle que trabajábamos en una pastelería, soltaba la reiterada ocurrencia: “¡Qué trabajo más dulce!”. Dulce es el azúcar, el trabajo es otra cosa. Pero si cuento todo esto no es para pedir un monumento para mi familia –que también– sino para conectar algunas singularidades de este oficio con temas que ahora investigo. Hay cosas de ese gremio que no percibía como una influencia, pero mucho me temo que sí lo son. Por un lado, cuestiones relacionadas con el conjunto de saberes comunitarios que hacen posible vivir de la pastelería artesanal. Por otro lado, un tema algo más complejo pero que podría resumir como los procesos de innovación derivados de una empresa centrada en el trabajo artesanal.

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El manantial y el pantano de la libertad individual

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texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat

La película ‘El Manantial‘ del director King Vidor (The fountainhead, 1949) está basada en una novela de Ayn Rand, quien participó en la elaboración y supervisión del guión. La trama de la película se centra en Howard Roark, arquitecto que se niega a transigir a los gustos y valores hegemónicos de la sociedad en la que vive, una sociedad totalitaria que no puede asumir la originalidad y funcionalidad de su obra arquitectónica. En gran parte, la película cabalga sobre las ideas de Rand y su “egoísmo racional”, elemento base de su particular filosofía liberal. Bajo los presupuestos de Rand, el sujeto debe buscar su propia felicidad no dejándose coartar ni dominar por elementos externos aunque éstos prometan responder al beneficio colectivo. Para Rand, los sujetos individuales son conscientes de la realidad a través de sus propios sentidos; la razón es la única vía para conseguir la felicidad a través del conocimiento.

En la trama de la película aparecen otros personajes que, en conjunto, buscan dar solidez a los valores de Roark, acentuando la higiene moral que guía su egoísmo. Por un lado, Gail Wynand, un afamado magnate dueño de uno de los periódicos con mayor influencia en la opinión pública. Su periódico ‘The Banner’ construye noticias para satisfacer a la masa y su objetivo no es otro que aumentar las tasas de beneficios y acumular poder a cualquier precio. Uno de los personajes más caricaturescos es Ellsworth Toohey, un crítico que ha ganado una posición influyente a base de evangelizar sobre los grandes valores de la arquitectura clásica y que ataca el egoísmo que esconde la obra de Roark. Si bien Toohey siente una profunda y secreta admiración por Roark, sus decisiones están guiadas por una única pulsión que comparte con Wynand: el poder. No falta el amigo del protagonista que ha conseguido escalar obedeciendo, Peter Keating, un personaje que representa para Rand el patetismo del hombre-masa. Por último, Dominique Francon, mujer atormentada por la mediocridad que le rodea y profundamente enamorada del héroe intransigente. Todos los personajes, excepto el protagonista principal, o bien no gozan de moral alguna o bien mantienen un pulso tortuoso entre sus valores más profundos y la necesidad de ignorarlos para poder sobrevivir o alcanzar el mayor éxito posible.

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Procomún, propiedad y comunidades

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Los commons son un fenómeno complejo y a la vez complicado. Complejo porque depende de varios elementos que hay que tener en cuenta a la vez; complicado porque parece haber un exceso de definiciones o de acercamientos diferentes que expanden su significado. En la última reunión general del Laboratorio del Procomún de Medialab Prado (febrero 2012) Juan Freire abría la sesión comentando que “lo que hace interesante al procomún es esa incapacidad para ser definido” citando la entrevista en el blog código abierto a Antonio Lafuente. Si bien estoy de acuerdo con muchas cosas que se comentaron durante la sesión, la verdad es que me cuesta un poco celebrar que algo esté poco definido. Bien visto, si así fuera, me pasaría todo el día de fiesta ya que de indefiniciones sin duda andamos bien servidos. Pero temo que el problema sea el inverso, que más bien se está vaciando «procomún» de significado –por saturación–y que hay ciertas nociones, al parecer algo incómodas, que no acaban de relacionarse con el concepto. Como ya adelanta el título de este post, me refiero a conceptos como el de comunidad y, especialmente, el de propiedad.

Entraré un poco a lo bruto. Desde mi punto de vista, la falta de definición no hace especialmente interesante al procomún y, de hecho, creo que no es algo que lo caracterice. Sí me parece que pensar procomún como «experiencia» o como «ausencia» (ambas usadas en la sesión de Medialab Prado) son buenos acercamientos poéticos pero añaden a su vez filtros borrosos que no nos permiten ver lo evidente. Por otro lado, se mezcla procomún con otras ideas de tono más esotérico como «lo común» o «el común» que estiran tanto el concepto que acercan su significado a un resbaloso “todo vale”. Como le he oído decir varias veces a Marga PadillaCuando todo vale, nada importa” y no podría estar más de acuerdo. Que el error pueda generar conocimiento no quiere decir que la confusión sea algo más que..confusión.

Tal vez, para analizar un fenómeno social éste ha de ser observable y, para ser observable debe no solo contar con alguna definición sino que es conveniente encontrar aquellas variables que nos permitan reconocerlo. De hecho, suena obvio pensar que si algo es algo es porque no es otra cosa, y si no es otra cosa es porque hay una serie de elementos que lo caracterizan. Estaremos de acuerdo que estos niveles de concreción son, como mínimo, deseables. Y es cierto que hay conceptos poliformes, polisémicos y poligoneros, pero me ilusiona pensar que cuantos menos, mejor.

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