Archivo de la etiqueta: capitalismo

La defensa de los bienes comunes y de instituciones público-comunitarias

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Texto  junto a Laia Forné publicado en la Revista Nous Horitzons

Los derechos son un campo de lucha. Todas las normas escritas (y no escritas) que constituyen la vida social se han construido históricamente a partir del choque entre multitud de intereses sociales. Intereses de clase, de género, coloniales; intereses codificados en relaciones de poder, privilegios y asimetrías. El Estado como forma de organización social y política se tiene que situar en esta dinámica histórica y social conflictiva, no como una herramienta o un objeto de estudio atemporal y sin territorio. Dicho de otra manera: el Estado como relación social, como expresión institucional de formas de dominación, emancipación o confrontación entre segmentos sociales con condiciones materiales y esquemas de vida diferentes [1]. Del mismo modo, el conjunto de reglas que determinan o influyen a la hora de tener acceso, hacer uso, gestionar o extraer beneficio de todo recurso derivado de la producción social no son otra cosa que un terreno en disputa.

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El precio de la comunidad

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Ayer salía en La Vanguardia un reportaje bastante oscuro donde se relacionaba vivir en común y  tener una vida comunal con pagar un alquiler loquérrimo de entre 1.400€-1.900€/mes. Detrás de estos “comunales” no están los principios de los bienes comunes de Elinor Ostrom ni los deseos de Piotr Kropotkin, sino grandes empresas que basan sus modelos de negocio en mercantilizar las relaciones y la anomia.  Para qué andarse con rodeos: a life style design bussiness accelerator.

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El capitalismo colaborativo tiene un plan

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Artículo originalmente publicado en CTXT

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1. La economía colaborativa nos hará libres

Un informe del think tank neoliberal PriceWaterhouseCoopers estima que “los cinco sectores principales de la economía colaborativa tienen el potencial de aumentar sus ingresos de los actuales 15 millones de dólares a 335 millones en 2025”. España es tercera en el ranking europeo, con más de 500 empresas en ese sector y se empieza a celebrar que Barcelona sea una de las ciudades punteras en este tipo de economía. Pero no abramos todavía las botellas de cava.

Como tantos otros grupos de presión interesados en maquillar la realidad, PriceWaterhouseCoopers llama “economía colaborativa” al alquiler temporal de, por ejemplo, coches o viviendas, a través de aplicaciones tecnológicas como UBER o Airbnb. Pero cuando les apetece, también incluyen el software libre, la economía social y solidaria o el cooperativismo. No les interesa saber si la gestión es más o menos democrática, si se cierran o abren los datos y quién los explota, si se reparte equitativamente la riqueza producida, si se fiscaliza la actividad económica y ni mucho menos conocer el impacto social y territorial de su actividad. Todo es colaboración y eso mola.

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La gestión comunitaria no es un parche

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Un comentario para las jornadas Cultura Viva y el énfasis que hemos puesto en la gestión comunitaria. Una reflexión más amplia se puede encontrar en el texto “Gestión comunitaria de la cultura” que preparamos Laia Forné y yo para abrir la sesión sobre este tema.

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Los espacios vacíos de la ciudad participativa

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Artículo junto a Nuria Alabao publicado originalmente en Quaderns

Dos niñas de faldas cortas y trenzas juegan en un círculo de arena con un balancín de madera de líneas rectas. Hace un mes, el espacio de esos juegos y los otros juegos de alrededor estaba ocupado por una gran montaña de escombros de un edificio bombardeado. Estamos en un Amsterdam posbélico de 1947. Desde ese año hasta fines de la década de 1970 –como parte de un programa municipal– Aldo Van Eyck imaginará y construirá más de setecientos parques en medianeras en sombra, esquinas de suburbios, solares ruinosos y patios de todo tipo. Espacios que eran localizados por los propios habitantes de cada uno de los barrios.

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Los tomates brillan al sol y ya maduros se dejan arrancar fácilmente por una señora mayor de sombrero blanco. El huerto se extiende en buena parte del solar. A un costado, un grupo de personas de todas las edades conversan sobre unos bancos construidos con restos de derribo. Es Manhattan, un día de verano de 1973. La crisis del petróleo golpea Nueva York. La conflictividad social sigue en constante aumento en ciertas áreas donde decae la actividad inmobiliaria. Desde ese año hasta hoy, los Guerrilla Gardens ocupan por cientos solares vacíos de la ciudad.

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Los derechos sociales como nicho de mercado

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Texto originalmente publicado en Nativa.cat

¿Sirve la innovación social para sustituir a los derechos sociales? ¿por qué ahora interesa tanto a los Estados europeos fomentar el emprendizaje social? ¿por qué esas prácticas consideradas antes como extra-económicas y propias de la cooperación social ahora se entienden como servicio público y como creadoras de trabajo?. Para pensar en estas preguntas, más que fijarnos en los procesos de innovación social, en aquellas prácticas de base ciudadana que responden a demandas sociales de manera más efectiva que Estado o mercado, podemos mirar un poco más atrás y preguntarnos ¿qué ha pasado con los Estados?

En el libro “El futuro del Estado capitalista” (2002), Robert Jessop analiza la construcción en Europa de lo que llama el Estado Competitivo Schumpeteriano. Detrás de esa denominación encontramos una respuesta política a las primeras crisis contemporáneas, un intento por parte de los gestores estatales, los funcionarios, las fuerzas económicas y no económicas, por transformar el Estado de pleno empleo Keynesiano en un Estado competitivo. Un intento por reescalar y rearticular sus actividades, y por desarrollar nuevas formas de gobierno y gobernanza para hacer frente a los problemas derivados de los “fallos del Estado” y “fallos del mercado”.  Para generar cambios en los modos de crecimiento, regulación y socialización –que Jessop analiza con una densidad obsesiva– la necesidad de innovación se extiende más allá de elementos tecnológicos, incluyendo «sistemas sociales de innovación en diferentes escalas, el cultivo y la promoción de una cultura de empresa y sujetos emprendedores, y una amplia gama de innovaciones organizativas e institucionales que tienen que ver con las cambiantes formas de competitividad» (Jessop 2002: 155).

Este giro del modelo de Estado está directamente relacionado con una creciente subordinación de la política social a la política económica. A partir de los 80, el salario social que representa el gasto en bienestar se entiende como un coste de producción igual que el salario individual, o lo que es lo mismo, si hay que reducir costes, se pueden reducir derechos. También se extiende la idea que asocia la tributación con un desincentivo al esfuerzo, el ahorro y a la inversión. Justo esas son las aptitudes que debe asumir un emprendedor, crearse su espacio de trabajo y sus propios derechos a través del esfuerzo, el ahorro y su propia inversión. Se empieza a entender que los derechos sociales no son conquistas irrenunciables que hemos adquirido defendiendo un modelo social más igualitario y justo, sino que son servicios que nos tenemos que merecer día a día por los esfuerzos que hacemos en un espacio económico determinado. Un espacio económico que no es homogéneo, donde no entra todo el mundo, donde hoy estás y mañana ya veremos. Un espacio que por mucho que se insista, no tiene nada que ver con algo que podamos llamar “democrático”. La forma Estado que resultó de las luchas sociales ha sido un pésimo custodio de los derechos. El Estado es hoy un conjunto de dispositivos que sortean esos derechos bien para su gestión más eficiente bajo las políticas de “austeridad” o bien para que los emprendedores sociales se busquen la vida. Una salida individual que aprovecha el desplome colectivo.

Y aquí encontramos una de las claves de porqué hoy interesa tanto la innovación social a escala europea. Frente a la crisis de legitimidad, la crisis económica y la falta de medidas para la creación de empleo, la respuesta europea es “innovación social”. Frente a la crisis de legitimidad del Estado ¿quién más legitimo que el propio ciudadano para diseñar servicios públicos? Frente a la crisis económica y la falta de liquidez pública ¿qué servicio público a menor coste puede haber que el realizado por la propia ciudadanía? Frente al desempleo ¿qué mejor manera de incentivarlo que a través de fomentar el emprendizaje? La jugada no es mala, es terrible. Básicamente porque se reduce el servicio público a la activación de un mercado de emprendeduría social. La desposesión de derechos sociales crea un espacio desatendido que abre camino a un mercado “social”. Los derechos como nicho de mercado.

El Reino Unido fue el primer Estado europeo que puso en marcha políticas de fomento de la innovación social. A partir del 2002, el New Labour desarrolló la primera estrategia a nivel europeo centrada en las empresas sociales bajo la denominación ‘Social Enterprise: a strategy for success’. En el mismo año, se inauguró el Social Enterprise Unit, el primer departamento específicamente dedicado a fomentar un “entorno favorable” (así lo llaman) para la puesta en marcha y desarrollo de la emprendeduría social. A partir de estos primeros hitos, durante la última década se ha consolidado un área extensa de acción bajo los gobiernos de Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron. Un rumbo que sobrepasa la orientación y las políticas de partido, marcado por cambios en el modelo del Estado de Bienestar y por cambios en la economía de mercado.

Esta estrategia se está extendiendo al resto de países europeos. Cada uno a su manera, adopta medidas para cambiar el Estado de bienestar por una “sociedad participativa”. Y es que el problema tal vez no sea el Estado, sino su forma capitalista. Cuando cuestionamos el papel del Estado hoy, no es ni mucho menos por pensar que no hagan falta medidas de redistribución, de asistencia pública universal o de justicia social, sino porque no queremos dejar nuestras vidas en manos de unos pésimos guardianes. El ciclo actual de luchas sociales lo ha dejado clarísimo: no se trata de más o menos Estado, sino de más o menos democracia. No se trata de pensar cómo recuperar el Estado de bienestar, sino de diseñar y defender instituciones de lo común. Instituciones donde los derechos no son añadidos ni nichos de mercado, sino una forma de entender la vida social que no necesita ni matices ni emprendedores.

Empresas del procomún sí, pero ¿qué hay de “lo público”?

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Making community software sustainable

Artículo publicado originalmente en eldiario.es

Los commons, en su origen histórico, eran tierras bajo régimen comunal gestionadas y explotadas por clases campesinas. Esos bienes comunes formaban parte del sustento vital de dichas comunidades y, a su vez, constituían otra forma de cultura productiva. Si desde su origen estos recursos formaban parte de cierta realidad económica podría sonar redundante hablar hoy de economía del bien común o de empresas del procomún pero, en realidad, lo que se empuja con este nuevo paradigma no solo es aquella misma cultura productiva sino hacer visible que la actual economía capitalista se funda y consolida con la depredación de dichos bienes.

Empresas que sobreviven gracias a la explotación privada de bienes comunes sin ningún tipo de regulación las hay a miles, por no decir que no existe empresa capitalista que no capture, explote o se alimente de ellos. Bien lo saben algunos expertos de la teoría del management, autores de toneladas de manuales que buscan favorecer la comodificación de saberes y conocimientos que circulan en el interior o exterior de las empresas. Lo que en otro momento se suponía “al margen” de la explotación económica siendo considerado como no-productivo, hoy se percibe como un recurso fundamental. Esto incluso podríamos considerarlo como la mera punta del iceberg, puesto que la captura de estas balsas de recursos inmateriales parece casi anecdótica si la comparamos con el uso y sobreexplotación de otro tipo de recursos como los naturales o medioambientales. Por tanto, el tema no es si los bienes comunes toman o no un papel en el modelo económico, el tema es bajo qué principios éticos nos relacionamos con ellos.

En ese sentido, lo que denominamos empresas del procomún no es una categoría que define un matrimonio de conveniencia, sino una realidad económica compleja donde estructuras empresariales se relacionan con bienes comunes, gestionándolos, produciéndolos y explotándolos pero –punto fundamental– sin erosionarlos, sobreexplotarlos o privatizarlos. Como comentábamos en un artículo anterior donde introducíamos las empresas del procomún, es importante ver que la supervivencia de estos recursos de base comunitaria depende de pactos, mecanismos de gobernanza y la habilidad de detectar y respetar las diferentes esferas de valor que emergen del procomún. Por otro lado, señalábamos que con el estudio de casos de empresas que se relacionan bajo principios éticos con el procomún no vamos a poder aportar soluciones ideales, pero sí un compendio de ejemplos y patrones de los que podemos aprender. Asumimos así que manejamos prácticas con una escala y una dimensión pequeña, en muchos casos local y que difícilmente puede replicarse o crear espacios económicos homogéneos en una escala mayor. Y justo aquí es donde empezamos a echar en falta “lo público” o, mejor dicho, muchas de las funciones que pensábamos cumplía.

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Estado, Mercado y Commons

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A principios del pasado mes de julio, el IGOP (Institut de Govern i Polítiques Públiques) y la Universitat Autònoma de Barcelona organizaron una serie de cursos que ponían el foco de atención sobre los commons. Bajo el título “Els Béns Comuns: una alternativa al Binomi Mercat-Estat?“, el programa estaba dividido en tres áreas diferentes (una por curso) donde los commons han ido ganado especial relevancia durante los últimos años: 1. commons digitales, 2. commons y democracia, 3. commons y economía social. Los asistentes y coordinadores de los cursos acabamos compartiendo aula de debate en una sesión final conjunta titulada “una visión integral de los commons”. El principal objetivo de esta sesión era doble. Por un lado, intentar articular los diferentes marcos analíticos y casos de estudio que habían aparecido en los cursos. Por otro lado, entre las presentaciones iniciales, las aportaciones del equipo de coordinación y las intervenciones del conjunto de los participantes, la idea era intentar aportar algunas respuestas a la pregunta  ¿Es posible pensar los commons como la base de un modelo social más justo?.

Para compartir lo que ese día comentamos y para ver si podemos extender aquí la conversación sobre las dudas y reflexiones que aparecieron,  a continuación adjunto el texto de presentación de la jornada, los vídeos e imágenes de las presentaciones, así como algunos comentarios para situar cada una de las intervenciones (la mayoría son en catalán).

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posfordismo o explotación de la producción social

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Texto escrito originalmente para el proyecto Doropedia -enciclopedia alternativa- de Producciones Doradas. Cada fascículo de Doropaedia se centra en un concepto diferente, compilando acepciones subjetivas elaboradas en textos, canciones, videos, etc. En este ocasión el concepto era posfordismo y mi propuesta se centró en resituar su significado, recuperando algunas ideas y algunas de las fuentes originales que lo acuñaron. La verdad es que no es muy subjetivo, pero es mío!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué lo llaman posfordismo cuando quieren decir nuevas formas de extracción de riqueza y gobierno de la producción social?

El concepto posfordismo padece el síntoma de esa forma lineal de ordenar el conocimiento bajo la que se ha generado una inmensa lotería de palabras, etiquetando con prefijos y sufijos tanto períodos históricos como escuelas de pensamiento. Una fábrica de significantes que olvidan sus significados cuando son usados como mera consecuencia evolutiva del suceso anterior o como marco primigenio de lo que inmediatamente vendrá. Posfordismo, usado en desmesura y con tiros al aire, va camino de ese aplanamiento conceptual.
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