El precio de la comunidad

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Ayer salía en La Vanguardia un reportaje bastante oscuro donde se relacionaba vivir en común y  tener una vida comunal con pagar un alquiler loquérrimo de entre 1.400€-1.900€/mes. Detrás de estos “comunales” no están los principios de los bienes comunes de Elinor Ostrom ni los deseos de Piotr Kropotkin, sino grandes empresas que basan sus modelos de negocio en mercantilizar las relaciones y la anomia.  Para qué andarse con rodeos: a life style design bussiness accelerator.

Aquí algunos extractos del reportaje que sirven como resumen del contenido:

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Extracto del reportaje sobre “coliving” en La Vanguardia [1/05/2016]

Buen precio, buenas referencias, buenas rentas para las empresas mediadoras. Qué menos para el buen emprendedor que quiere vivir rodeado de otros emprendedores de buen capital económico (asociado, seguro, a un buen sustento patrimonial). La verdad es que pagar tres sueldos mínimos para ser parte de una “comunidad” es, entre otras cosas, bastante triste. También es una manera de entender la comunidad bastante pacata.

El filósofo italiano Roberto Esposito explica en algunos de sus ensayos que “comunidad” proviene de “munus” (lo contrario de inmune). Esposito dice que la comunidad consiste en la reciprocidad o mutualidad entre personas comprometidas. Una comunidad no se produce al pagar a medias una propiedad, sino por compartir un deber, una falta o una deuda. “Estoy en deuda contigo” es una frase que usamos para mostrar reciprocidad hacia otra persona, no para hablar de deudas bancarias. Es una de las maneras con las que, en el día a día, expresamos los gérmenes de la comunidad: te debo una, cuenta conmigo, hoy por ti mañana por mí.

Pagar una media de 1.700€ para hablar todo el día de cash flow, startups, redes familiares y trabajo guay junto a otros compis de rentas altas, no tiene nada de vida comunal ni de vida en común, es más bien una pijada snob. Lo más preocupante es que no es un pago para ser comunidad, sino para ser inmune a cualquier lazo social que “contagie”. Es un pago para ser inmune al cambio. El precio evita cualquier vínculo con otros segmentos sociales, ese tipo de sociabilidad que –como ha demostrado en otros momentos– sí tiene capacidad para transformar el mundo.

Es esa distancia necesaria entre el sujeto consumidor (el emprendedor) y el objeto (la comunidad) donde Georg Simmel detectaba la impersonalidad del valor económico. Si algo tienen de prodigioso estos servicios de coliving es su capacidad para mezclar los discursos del comunitarismo, el emprendimiento,  la colaboración y el capitalismo. Pero hace falta algo más que un marco simbólico compartido para deshacer los mecanismos de valorización, segregación y dependencia que producen las formas dinero y mercancía.

Dinero y mercancía no son recursos “naturales” que facilitan la interacción, sino dispositivos políticos que ordenan, delimitan y explotan la producción y las relaciones sociales. García Linera, en su libro Forma valor, forma comunidad resume las preocupaciones que recorren la obra de Karl Marx  en una pregunta: «¿por qué las personas no pueden intercambiar directamente los productos de sus trabajos a partir de las cualidades concretas de éstos, teniendo que apelar a la forma dinero que a la larga se autonomiza y domina a los propios productores?» No deja de ser curioso que se insista en producir comunidades ilusorias por mediación de dinero, que es precisamente la vía más eficiente para deshacer vínculos.

Estamos en un momento donde el comunitarismo liberal va tomando diversas formas. Esta es probablemente una de las más decadentes.

Un pensamiento en “El precio de la comunidad”

  1. Segons Jane Jacobs (efemèride obligada) les comunitats que poden compartir molt són aquelles que són molt homogènies, en canvi les comunitats diverses, (en les que vivim la majoria) es defineixen més per espais de cordialitat.

    Ja se que ens agradaria llençar-nos (al menys a mi) a l’aventura comunitària desvocada, però és cert que funciona bé quan es comparteix alguna cosa.

    Aquests neo-coworkers comparteixen una tipologia de feina segurament molt concreta que pasa per prendre el té parlant, fer un brunch, i compartir les seves vides per xarxes socials i poca cosa més. Són vides amb experiències molt limitades que fan possible la seva connexió.

    Fer això amb un veïnat on uns treballen físicament, altres tenen nens, altres tornen de matinada a casa i també volen descansar i altres creuen en una mística cultural nacional concreta no afavoreix objectius comuns

    Coses que tenen les experiències atomitzades

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