Archivo de la categoría: cultura

Tu cultura es algo ordinario

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Artículo originalmente publicado en Nativa.cat

Hace algunos años, un reputado violinista estadounidense interpretó varias piezas de música clásica en el metro de Washington. Fue en la estación l’Enfant Plaza, en el barrio Southwest Federal Center de Washington D.C, un distrito comercial repleto de oficinas del gobierno estadounidense.

Nadie lo sabía, pero a las 7:50h de la mañana y durante una hora, la gente que se dirigía apresuradamente a su trabajo se iban a cruzar a «uno de los mejores intérpretes de música clásica en el mundo tocando algunos de los temas más elegantes de la música jamás escritos con uno de los violines más valiosos jamás construidos». El músico era Joshua Bell, los temas eran de Johann Sebastian Bach y el violín era un Stradivarius tasado en 3 millones y medio de dólares.

El tinglado estaba organizado por The Washington Post y fue narrado como un “experimento social” con el objetivo de contestar la siguiente pregunta: En un momento inoportuno y localizada en un escenario banal, ¿trascendería la belleza? En un contexto incongruente, ¿podría la gente común reconocer a un genio?. Y, Oh sorpresa, resultó que no Seguir leyendo Tu cultura es algo ordinario

Las tecnologías son la muerte. Los jóvenes son zombis

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Texto publicado en Nativa.cat


A menudo cojo los ferrocarriles desde Plaça Catalunya donde siempre suben grupos de estudiantes de entre 15 y 20 años que bajan en el polígono de Sant Joan. La mayoría tienen móvil, y es frecuente ver escenas de 5 o 6 chavales que lo usan intensivamente mientras llegan a su destino. Algunas personas más mayores suelen quedarse eclipsadas con la situación. Las caras de estupefacción de adultos mirando a chavales que miran pantallas casi hablan por sí solas. Yo miro a los adultos que miran a los chavales que miran a las pantallas. Observar a quien mira siempre explica cosas de tu entorno o, más bien, es la excusa que me doy para ser, sin angustias, un voyeur metropolitano. El caso es que hay gente que además de contemplar la escena, expresa sus sensaciones en voz alta. En Barcelona pasa pocas veces, pero pasa.Hoy ha sido uno de esos días.

Una persona de unos 60 años, mientras estaba mirando a los jóvenes que miran pantallas, ha lanzado un comentario dirigido a su acompañante pero sin apuro porque le oyera todo el vagón: “madre mía, cómo ha cambiado todo”. Ése clásico. Su acompañante, ha arriesgado un poco más en la respuesta. Si bien innovador pero más cuidadoso, ha susurrado: “Parecen enfermos..”. Llamarles enfermos dejaba el listón alto, pero el punto álgido lo ha traído otro espontáneo. Alguien que no parecía conocer ni a uno ni a otro –la cercanía mañanera en el transporte público facilita momentos de tuteo– se ha tomado la libertad de sumarse al escarnio con algo bastante turbio: “Bueno, pero por lo menos ahora hablan con alguien”. Por lo menos ahora hablan con alguien. Ojo con eso. Asimila el diagnóstico enfermos y golpea en la nuca. Nadie ha añadido más matices y el último tertuliano ha bajado en la parada Muntaner. Los demás hemos seguido haciendo lo que veníamos haciendo, mirar o mirar a quien mira.

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La econonomía de la cultura no existe

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Texto publicado en Nativa.cat. También, en versión en català

Para el Fòrum d’Indigestió de 2013, “Indústries creatives, i gestió comunitària, dues maneres de mirar la cultura” preparé dos aportaciones a las preguntas iniciales: Qué es la gestión comunitaria? Qué diálogo establece con la economía de la cultura?. Las dos respuestas, sobre las que dejo a continuación un texto explicándolas, eran muy concretas: la economía de la cultura no existe y siempre hay gestión comunitaria en todo tipo de producción.

1. Economía de la cultura

No existe ninguna cosa que podamos denominar economía de la cultura del mismo modo que no hay un espacio abstracto al cual podamos denominar “economía”. Lo que sí existe es la economía política de la cultura. No hay en el mundo ningún sistema de mercado que opere sin intervención pública, que no haga servir ciertos protocolos legales que fomenten y aseguren un tipo de intercambio, que no intente delimitar unas formas de producción, distribución o consumo, que no facilite la entrada de ciertos sujetos sociales y dificulte la entrada de otros (con criterios de clase, género y etnia) o que no esté determinado por factores que escapan al control social como el dinero, el crédito o la forma mercancía. Dicho más fácil: no hay mercados desregulados o no intervenidos. Por eso no hay economía de la cultura, hay economía política de la cultura.

Las ideas de la economía liberal, insistente a la hora de pensar el mercado como un espacio que se produce por parámetros automáticos y donde los sujetos actuamos libremente guiados por la “razón instrumental”, son meras fabulaciones. La historia y un análisis materialista de la economía (o la cultura) dejan bastante claro que no encontraremos espacios de intercambio mediados por mercados que sean neutros, apolíticos y –todavía menos– democráticos. Por lo tanto, no hay economía sin política como de hecho no hay economía de la cultura sin políticas culturales. El rumbo histórico de las políticas culturales en Cataluña que han querido fomentar las industrias culturales son un buen ejemplo. Las políticas de la ICIC (Institut Català d’Indústries Culturals) y hechos concretos como, por un lado, las intervenciones exteriores que se hicieron para “vender la cultura catalana” y, por otro lado, la imposibilidad de devolver los créditos que este organismo otorgó, acentúan esta realidad.

Esto lleva a una conclusión bastante clara: no hay una forma de hacer políticas culturales para un mercado preexistente, sino que hay muchas formas de hacer políticas para mercados que se tienen que construir o para mercados que han sido construidos históricamente. Aquí es donde podemos situar la batalla política, puesto que unas intervenciones u otras, tendrán como resultado un tipo de mercados culturales u otros. La idea de “adaptarse” a mercados culturales ya existentes es profundamente política, ni mucho menos una vía “neutra” o la única manera de intervenir sobre espacios económicos. Esto está bastante claro en el discurso de las industrias creativas, comento un ejemplo para situarlo mejor.

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¿Qué harías tú en mi lugar?

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Texto originalmente publicado en Nativa.cat

Estamos a principios del año 2.300, justo el momento en que ha empezado a confirmarse una noticia perturbadora. Al parecer, hay seres creados artificialmente que han conseguido camuflar su naturaleza inorgánica y han establecido vínculos de amistad con seres humanos. Escapando al control institucional, se han ido generando comunidades y redes mixtas donde, sin saberlo, músculos y cables viven en concordia.

Algunos intelectuales neomaterialistas creen que esos lazos son imposibles de diferenciar de los establecidos entre seres humanos y que, bien visto, poco importa. Otras corrientes, preocupadas por la corrosión social y moral que supone dar por naturales esas relaciones, han lanzado diversas conjeturas sobre cómo descubrir si tu amigo bebe agua o aceite industrial. Algunas teorías trabajan a partir de metodologías mecánicas. Para llevarlas a cabo, apenas hace falta algo más que un martillo, un cincel y cruzar los dedos. Otras hipótesis se basan en argucias discursivas. Quienes las defienden, aseguran que si se siguen ciertos consejos y se conduce de manera adecuada la conversación, se puede descubrir qué tipo de sujeto tienes delante. Esto ha abierto camino para la aparición de best sellers amarillistas que han reventado el mercado editorial (sí, todavía existe) bajo títulos como “libertad, igualdad y entradas USB” o “¿Y si duermes con una estufa pero no lo sabes?”. Las autoridades están algo nerviosas. En todos los colegios estadounidenses se recomienda ver Blade Runner a diario. En Europa, han crecido los grupos de lectura sobre Robespierre. En Asia, pasan del debate sin entender a qué responde tanta preocupación.

En medio de todo este sarao, dos amigos se citan para tomar un café. Llevan tiempo manteniendo el contacto, pero hace mucho que no quedan en persona. Quieren verse hace meses, pero la cita se ha pospuesto una y otra vez, bien por incapacidad para gestionar su tiempo, bien por una profunda incomodidad existencial. Ambos tienen conciencia de ser plenamente humanos, pero se han obsesionado tanto por el asunto que incluso han llegado a dudar sobre su propia naturaleza. Se quieren profundamente, pero ante la insistencia mediática y el revuelo social, no pueden deshacerse de la sospecha sobre el otro.

En la cabeza de uno resuena lo de “¿Y si Jorge fuera uno de ellos?”. En la cabeza del otro, resuena lo de “¿Y si Miguel fuera uno de ellos?”. Jorge es un socialdemócrata convencido. Miguel, un anarcocapitalista de los que hacen época. Y si sus posiciones políticas contrapuestas, más que dañar, han alimentado su amistad, ¿por qué el entente entre los huesos y el titanio debería ser ahora un problema?. El caso es que no pueden mantenerse al margen de este tema. Bien visto, la autenticidad de su amistad entraría en crisis si descubren que el otro ha ocultado algo tan importante. No es solo el temor a mantener una relación con un organismo extraño, sino sospechar que la mentira puede haber formado parte de sus vidas desde el momento en que se conocieron. Por otro lado, también pueden llegar a entender que el otro lo haya ocultado. Tal vez el miedo al rechazo cuando la relación empezaba a cuajar sea motivo suficiente para evitar poner algo tan abyecto sobre la mesa. Mezclado con todas esas preguntas, temen convertir el feliz encuentro en un interrogatorio (dando a entender que dudan de su amigo) o verse sometidos a un juicio en el que tendrán que demostrar si su fuero interno chorrea sangre o algoritmos. Todo apunta a que va a ser un café de difícil digestión.

Horas antes de verse, ambos reflexionan sobre cómo abordar el tema. Miguel, después de darle muchas vueltas, llega a una conclusión. Jorge, después de darle otras tantas, llega a la misma. Cuando aparezca el tema compartirán su ansiedad con un: “¿qué harías tú en mi lugar?”. Ambos toman muy en serio esa postura, dándose cuenta que solo el otro puede comprender mejor que ellos algo que se les escapa. Descubriendo por un momento que Jorge conoce mejor a Miguel que él mismo y, viceversa. Sin todavía verse, en parcelas separadas, ya han dado respuesta a la pregunta sobre el origen y la autenticidad de su vínculo. Pues no encuentran mejor manera de solucionar ese entuerto identitario que deliberar con un amigo qué camino tomar.

El siglo de la fraternidad

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Dejo aquí el texto publicado en el Cultura/s de La Vanguàrdia en el especial “El siglo de la fraternidad“. Una breve compilación donde comparto espacio y motivación junto a Ingrid Guardiola, Marina Garcés y Antoni Marí. El resto de las aportaciones, se pueden leer aquí (con versión en català de mi aportación).

Los bienes comunes, ¿una nueva ‘Gran Transformación’?
En el libro ‘La Gran Transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo’ (1944) Karl Polanyi realizó una dura crítica al liberalismo de mercado, una de las que más han perdurado. Polanyi nos recuerda que antes del siglo XIX, la sociedad no operaba como un accesorio del mercado. El mercado era un elemento secundario de la vida económica; el sistema económico estaba integrado en el sistema social.

El actual sistema de mercado como regulador social no surgió de manera natural ni tampoco vino provocado por una retirada de la acción estatal. Para producir una sociedad de mercado, o dicho de otra manera, para subordinar todos los propósitos humanos a la lógica de un impersonal mecanismo de mercado, fue necesaria una acción consciente y a menudo violenta del Estado. Como señalaba Polanyi «para que este proceso se organice a través de un mecanismo autoregulado de intercambio, el hombre y la naturaleza tendrán que ser atraídos a su órbita; tendrán que quedar sujetos a la oferta y la demanda, es decir, tendrán que ser tratados como mercancía, como bienes producidos para la venta». Vivencias y recursos que constituían un espacio de potencia social fueron convertidos en «mercancías ficticias»; el ser humano pasó a ser fuerza de trabajo para ser vendido al precio del salario, la naturaleza pasó a ser tierra para poder negociarse al precio de las rentas que produjera. Así se convirtió en producto de mercado lo que constituía la base de la vida comunitaria. La sustancia misma de la sociedad fue subordinada bajo la dirección de los precios del mercado. Esto es lo que Polanyi denomina, irónicamente, ‘La Gran Transformación’.

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En deuda con una dulce comunidad

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texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat 

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1. Dulce trabajo

Mi familia ha trabajado toda su vida en un oficio tan apasionado como sufrido, la pastelería artesanal. Mi padre, siempre cerca de un horno y un rodillo. Mi madre, tras un mostrador atendiendo al público y dedicada casi en solitario a las tareas domésticas. Lo apasionado de este oficio seguro podéis intuirlo. Hacer todo tipo de postres, bollería o repostería artesanalmente es algo que te inyecta vocación aunque te resistas. Lo sufrido, entre otros detalles no menores, horarios de trabajo infernales.

Todos los días fijados como festivos en el calendario, se marcan en varios círculos rojos en la agenda laboral de una pastelería. Esos días, cuando casi todo el mundo descansa, en las pastelerías se solapan turnos de trabajo que harían saltar en pedazos cualquier máquina para fichar. Las cocas para la verbena de San Juan, turrones, polvorones y cestas para la campaña de Navidad, monas de Pascua para la Semana Santa y así un largo etcétera que cubre todos los días festivos del año. Todo eso significa hacer horarios interminables para servir productos del día. En una pastelería se madruga mucho. Muchísimo. Y si es un negocio propio y de base familiar, la jornada laboral, literalmente, no tiene fin.

Durante una época lo viví en primera persona. Antes y durante mis estudios de grado en la facultad, colaboraba trabajando algunos fines de semana y festivos y, en fin, es un trabajo duro. Imaginad la cara de poker que siempre se nos quedaba cuando alguien, tras decirle que trabajábamos en una pastelería, soltaba la reiterada ocurrencia: “¡Qué trabajo más dulce!”. Dulce es el azúcar, el trabajo es otra cosa. Pero si cuento todo esto no es para pedir un monumento para mi familia –que también– sino para conectar algunas singularidades de este oficio con temas que ahora investigo. Hay cosas de ese gremio que no percibía como una influencia, pero mucho me temo que sí lo son. Por un lado, cuestiones relacionadas con el conjunto de saberes comunitarios que hacen posible vivir de la pastelería artesanal. Por otro lado, un tema algo más complejo pero que podría resumir como los procesos de innovación derivados de una empresa centrada en el trabajo artesanal.

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La ilusión de los bienes comunes. Cierto, pero..

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Hace unos días, César Rendueles escribía en su blog una entrada titulada ‘la ilusión de los bienes comunes‘ donde se preguntaba si la actual centralidad otorgada a los bienes comunes no estará simplificando los verdaderos retos de una sociedad compleja.Este texto se podría unir a tantos otros que ha escrito David García Arístegui, alertando de ciertas posiciones que expresan una idea de “libertad” confusa y que entra en la madeja de pensar cuánta supuesta cooperación descansa sobre procesos de expolio.

Todo esto sitúa debates interesantes donde habitualmente encontramos posiciones enconadas que parten de preceptos que al parecer no se pueden debatir. Y solo por eso, bienvenidos sean esos textos.

Quería añadir un comentario en el blog de Rendueles, pero al final he optado por una entrada en leyseca ya que quería mejores condiciones para contextualizar algunos “peros”. El enfoque de Rendueles en gran parte lo comparto, pero creo que es una aportación con algunos trazos impresionistas. Para entrar en conversación, explico algunos matices, también algunas dudas sobre sus tesis principales y añado cosas que van más allá de los comunes digitales:

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Vivir juntos, morir solos

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crónica de la visita de Marina Garcés a la residencia Copylove (en el festival ZEMOS98) originalmente publicada en el blog de ZEMOS98


Marina Garcés pregunta a Jack Shepard.

Escuchando a Marina Garcés en la residencia de este año, flotaba en el ambiente la serie Perdidos . Ya había aparecido otros días, y volvimos a convocarla. Posiblemente os preguntaréis qué tiene que ver Perdidos con lo que nos explicó Marina. Pues nada y, por eso mismo, todo.

En Perdidos, los protagonistas tan solo pretendían compartir el tiempo que dura un viaje en avión. Tras un accidente, han de sobrevivir juntos en una isla por tiempo ilimitado. En minutos, un grupo azaroso de compañeros de viaje se convierten en comunidad. Un accidente cambia su pequeño contrato, pasando de compartir lo que dura un viaje en avión a compartir lo que puedan durar sus vidas en una isla. De lo poco que dura un viaje a tanto como dura una vida. De pedirle la hora al de al lado, a cuidarle para que no fallezca. La serie juega con el tiempo constantemente. La memoria de los protagonistas está muy presente en el relato, que una y otra vez nos recuerda capítulos de sus vidas. Momentos pasados que explican cómo se comportan en la isla. Comunidad, memoria y vida, justo los tres elementos clave este año en la residencia Copylove. Hasta aquí, Perdidos parece bastante Copylove. Y entonces apareció Marina.

La comunidad que expresa Perdidos responde a una necesidad producida justo en el momento en que se rompe la normalidad. Es una comunidad que busca un fin, una comunidad compuesta por una serie de individuos que se unen para poder sobrevivir. Una comunidad que acontece en un momento excepcional por y para una causa común. Una comunidad producida por un acontecimiento. Como diría Jack Shepard, el líder de la comunidad en Perdidos «tenemos que vivir juntos para no morir solos». Pero Marina pregunta a Jack: ¿Es esa causa compartida la vía a la que decidimos sumarnos para establecer vínculos? ¿Es la centralidad del acontecimiento la forma más adecuada para pensar un mundo común? Las vidas en Perdidos son pensadas en común para poder sobrevivir a una tragedia imprevista. Muchas vidas que se convierten en una pero que se escinden o confluyen dependiendo de la continua negociación entre diferentes intereses individuales. Una comunidad de individualidades. Marina pregunta de nuevo a Jack: ¿Vivir juntos es una decisión que tomamos para no morir solos? ¿La vida en común se establece a través de un contrato social que nos vincula? Estas cuestiones fueron a las que nos enfrentó Marina durante la residencia. La pregunta sobre cómo vivir juntos, la pregunta sobre el nosotros, la pregunta sobre lo político. Y, una vez más, nos sentimos profundamente afectados. Tanto quienes participamos de la sesión, como el conjunto de personas, ideas y comunidades que nos hemos ido juntado en el rumbo de Copylove. No vino Jack Shepard, pero estaba presente.

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La revolución del común

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Texto escrito para la web del CCCBLab sobre el ciclo “En comú” del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

En común

El común, los comunes, la comunidad, el procomún, los bienes comunes, estos conceptos se han instalado de nuevo en nuestro imaginario y parece que están aquí para quedarse. Sin necesidad de escarbar demasiado sobre qué comparten o qué las diferencia, estas palabras conforman un lenguaje que entra en batalla con la dualidad de «lo público» y «lo privado», un escenario en plena asfixia, esclerótico, incapaz de responder al cambio de época que vivimos. Lo común nos desplaza a otra posición, un espacio desde el que señalar y actuar sobre la continua expropiación de recursos y modos de hacer que muchos creen que ya no nos pertenecen. Lo común recupera el hilo de las luchas que históricamente se han enfrentado a un régimen basado en la mercantilización del todo social; es un espacio de poder, de defensa, de reapropiación de la riqueza colectiva. Los abrazos fraternales entre lo público-estatal y lo privado-mercantil nos aplastan, ya va siendo hora de deshacer esta perversa historia de amor.

Como apunta David Harvey, la historia del capitalismo es la historia de una continua desposesión, un régimen basado en los continuos cercamientos de la producción social. Sin esa continua acumulación por desposesión, sin los decretos, rumbos institucionales y tácticas para cercar y extraer renta de la producción social, el régimen de acumulación capitalista no podría mantenerse. Para sucumbir a esta lógica del «mercado como regulador social», ha sido necesario un continuo intervencionismo estatal, el diseño de instituciones robustas que han convertido la vida misma en mercancía. Recursos naturales y medioambientales, saberes, culturas, formas de vida, incluso todo tipo de proyectos de futuro son pasto del ciclo de acumulación del actual capitalismo financiero, un régimen que valoriza y especula con cualquier potencia social. El endeudamiento ciudadano y la dilapidación de otros modos de vida posibles, esa es la base genética de un modelo que se sirve de la desposesión para perpetuarse.

Conocemos los límites de un modelo social pensado desde la propiedad pública y la propiedad privada, ahora lo común se sitúa como nueva hipótesis política.

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Robin Williams es foucaultiano

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texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat

 

«La apuesta de todas esas empresas acerca de la locura, la enfermedad, la delincuencia, la sexualidad (…) es mostrar que el acoplamiento de una serie de prácticas-régimen de verdad forma un dispositivo de saber-poder que marca efectivamente en lo real lo inexistente, y lo somete en forma legítima a la división de lo verdadero y lo falso»

Michel Foucault en “Nacimiento de la biopolítica”

 

«Si encuentro al misógino que inventó los tacones lo mato»

Robin Williams en “Señora Doubtfire”

 

Adoro a Michel Foucault. Odio a Robin Williams. No resulta cómodo ponerme este yugo mientras escribo lo que sigue, pero no puedo dejar de pensar que si Foucault se reencarnara en cómico y redujera con bastante alegría su pensamiento sería algo parecido a Robin Williams. ¿Estoy diciendo que si Foucault hubiera sacado a la palestra sus dotes de clown y hubiera dejado a un lado su estilo afrancesado, habría encarnado a Peter Pan en “Hook”?. Parece que sí, tal vez digo eso. Bueno, no sé. Pero me parece evidente que en algunas de las películas protagonizadas por el cómico estadounidense Robin Williams, de hecho, las más conocidas, hay una carga foucaultiana. Por lo menos, una crítica institucional que una y otra vez toma tintes foucaultianos. Si me dais un rato, me explico.

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