Archivo de la categoría: ciudad

Reapropiarse de los bienes comunes: producir movimiento, datos, norma

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Texto junto a Mauro Castro, como aportación de La Hidra a las jornadas MAK2 (Municipalismo, Autogobierno y Contrapoder) Escrito en el Periódico Diagonal.

El neoliberalismo no es un espíritu satánico que se manifiesta cuando algunas fuerzas oscuras lo convocan. El neoliberalismo es producto de la conquista de las instituciones por parte de las élites económicas y el poder financiero. Todo un asalto institucional. Para consolidar la privatización de servicios públicos fue necesaria la creación y el uso intensivo de herramientas jurídicas, leyes parlamentarias y tácticas capitalistas para cercar y extraer renta de la producción social: apertura de espacios para que se inyecte y circule el capital financiero sin control público; sistemas de evaluación de los servicios públicos basados en métricas economicistas; pliegos y condiciones de contratación de servicios básicos que escamotean el control público; políticas, reglamentos y medidas coercitivas para convertir en mercancía el trabajo, la tierra, el dinero y los saberes. Por eso darle la vuelta al calcetín no es tan fácil. La santería no nos sirve.

En el artículo “El Puerto de Barcelona: un gobierno en la sombra” señalábamos una estrategia de privatización que ha entregado un gran poder sobre el territorio a instituciones privadas y que incluso se ha replicado de una ciudad a otra. Las Autoridades Portuarias, figuras legales con autonomía presupuestaria y de gestión, han logrado un aislamiento absoluto de la presión pública y ciudadana respecto a la transformación de los frentes marítimos. Esta privatización de bienes comunes urbanos se desarrolló en paralelo al desarrollo urbanístico de los centros de las ciudades y para culminar ambos procesos fue necesario producir marcos jurídicos y arreglos institucionales específicos.

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Las comunidades no son la solución sino la expresión del conflicto urbano

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Texto para la revista Treball

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Los bienes comunes, las prácticas de gestión de recursos por parte de comunidades que autoproducen sus normas, se han puesto encima de la mesa como solución. Como solución para una ecuación ya escrita a la que solo le faltaban algunos términos para resolver el enigma del buen gobierno. Hay algo turbio en este ejercicio matemático. Solo un par de ejemplos.

Las comunidades como solución

En 2009, la Casa Blanca ponía en marcha la Office of Social Innovation and Civic Participation. La idea era impulsar “las mejores soluciones para los retos actuales, que pueden ser encontradas en las comunidades de todo el país”. Este programa de gobierno busca fondos privados para impulsar el papel del tercer sector en la creación de emprendedores comunitarios y resolver problemas como la exclusión laboral o la falta de cobertura sanitaria. El objetivo es levantar capital privado para invertir en empresas sociales que medien con colectivos excluidos o desatendidos y así “detectar las soluciones más efectivas”.

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No hay participación sin redistribución del poder

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Texto junto a Mauro Castro a partir de trabajo conjunto con La Hidra Cooperativa. Originalmente publicado en El Diagonal

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1. Crítica a las políticas participativas

«Sería bueno volver a la democracia representativa, y no al asamblearismo, que ha dado más que notables manifestaciones de ser un profundo desastre». En un Pleno del Ajuntament de Barcelona, Carina Mejías, regidora de Ciudadanos, interpelaba con esa frase a Maria Rovira de las CUP. Con ese tipo de ironía fofa que no hiere pero irrita, Mejías aludía a la famosa asamblea que acabó en empate, donde la CUP decidía si investir a Artur Mas. Pero, sobre todo, pretendía defender la representación como la forma de hacer política más legítima y con menos costes.

Esa arrogancia de la democracia representativa fue lo que el 15M puso en crisis. Uno de los mandatos que produjimos en ese ciclo de movilizaciones fue la necesidad de superar esa representación, un mandato trasladado a esta fase institucional. Precisamente, porque esa representación ha mostrado claras evidencias de no contar con excesiva legitimidad social (solo hay que revisar los barómetros de opinión) ni supone menos costes (los casos de corrupción y de malversación de fondos públicos van en aumento). Eso, claro, no significa tener que decidirlo todo en asambleas. Es un punto de partida muy torpe. Se trata de garantizar mecanismos redistributivos del poder que vayan más allá de la delegación ciega a cargos representativos pero también más allá de la participación instrumental.

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El precio de la comunidad

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Ayer salía en La Vanguardia un reportaje bastante oscuro donde se relacionaba vivir en común y  tener una vida comunal con pagar un alquiler loquérrimo de entre 1.400€-1.900€/mes. Detrás de estos “comunales” no están los principios de los bienes comunes de Elinor Ostrom ni los deseos de Piotr Kropotkin, sino grandes empresas que basan sus modelos de negocio en mercantilizar las relaciones y la anomia.  Para qué andarse con rodeos: a life style design bussiness accelerator.

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El capitalismo colaborativo tiene un plan

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Artículo originalmente publicado en CTXT

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1. La economía colaborativa nos hará libres

Un informe del think tank neoliberal PriceWaterhouseCoopers estima que “los cinco sectores principales de la economía colaborativa tienen el potencial de aumentar sus ingresos de los actuales 15 millones de dólares a 335 millones en 2025”. España es tercera en el ranking europeo, con más de 500 empresas en ese sector y se empieza a celebrar que Barcelona sea una de las ciudades punteras en este tipo de economía. Pero no abramos todavía las botellas de cava.

Como tantos otros grupos de presión interesados en maquillar la realidad, PriceWaterhouseCoopers llama “economía colaborativa” al alquiler temporal de, por ejemplo, coches o viviendas, a través de aplicaciones tecnológicas como UBER o Airbnb. Pero cuando les apetece, también incluyen el software libre, la economía social y solidaria o el cooperativismo. No les interesa saber si la gestión es más o menos democrática, si se cierran o abren los datos y quién los explota, si se reparte equitativamente la riqueza producida, si se fiscaliza la actividad económica y ni mucho menos conocer el impacto social y territorial de su actividad. Todo es colaboración y eso mola.

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Segregación, políticas públicas y sóviets comunitarios

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Artículo originalmente publicado en la revista Treball

Hace unos días aparecía un artículo sobre segregación y gentrificación en el estupendo blog de Politikon  El autor de ese artículo, Roger Senserrich, lanzaba algunas consideraciones a partir de una investigación sobre la evolución demográfica de 95 ciudades americanas realizada por dos urbanistas de UCLA. Entre otras, que las ciudades deben eliminar las regulaciones sobre densidad y las trabas burocráticas que bloquean nuevos proyectos para aumentar la oferta de vivienda. Esto, a la par, debe venir acompañado de políticas de vivienda inclusivas, «añadiendo pisos asequibles en cualquier proyecto urbanístico».

Una de las ideas clave del artículo es que cuanto «más control democrático, burocrático y técnico hay sobre el uso de los edificios en una ciudad, más excluyente y segregado será su urbanismo». En realidad, no es del todo así. O, mejor dicho, depende de qué «control democrático, burocrático y técnico» estemos hablando. El artículo concluye asegurando que «permitir densidad y salirse del medio es mejor garantía para evitar la segregación económica con un intervencionismo (público) que sólo favorece a los propietarios». Y aquí es donde empieza el entuerto. El problema es que ese tipo de enfoques solo miran las medidas públicas relacionadas con el desarrollo inmobiliario, no con el desarrollo urbano, que es una cosa muy diferente. También, que se da por hecho que el fenómeno de la segregación se produce a nivel ciudad o barrio y, en realidad –aunque esto no lo digan los urbanistas de California– en ciudades como Barcelona, la segregación ha sido y es un fenómeno metropolitano.

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Los espacios vacíos de la ciudad participativa

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Artículo junto a Nuria Alabao publicado originalmente en Quaderns

Dos niñas de faldas cortas y trenzas juegan en un círculo de arena con un balancín de madera de líneas rectas. Hace un mes, el espacio de esos juegos y los otros juegos de alrededor estaba ocupado por una gran montaña de escombros de un edificio bombardeado. Estamos en un Amsterdam posbélico de 1947. Desde ese año hasta fines de la década de 1970 –como parte de un programa municipal– Aldo Van Eyck imaginará y construirá más de setecientos parques en medianeras en sombra, esquinas de suburbios, solares ruinosos y patios de todo tipo. Espacios que eran localizados por los propios habitantes de cada uno de los barrios.

***

Los tomates brillan al sol y ya maduros se dejan arrancar fácilmente por una señora mayor de sombrero blanco. El huerto se extiende en buena parte del solar. A un costado, un grupo de personas de todas las edades conversan sobre unos bancos construidos con restos de derribo. Es Manhattan, un día de verano de 1973. La crisis del petróleo golpea Nueva York. La conflictividad social sigue en constante aumento en ciertas áreas donde decae la actividad inmobiliaria. Desde ese año hasta hoy, los Guerrilla Gardens ocupan por cientos solares vacíos de la ciudad.

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