No hay participación sin redistribución del poder

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Texto junto a Mauro Castro a partir de trabajo conjunto con La Hidra Cooperativa. Originalmente publicado en El Diagonal

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1. Crítica a las políticas participativas

«Sería bueno volver a la democracia representativa, y no al asamblearismo, que ha dado más que notables manifestaciones de ser un profundo desastre». En un Pleno del Ajuntament de Barcelona, Carina Mejías, regidora de Ciudadanos, interpelaba con esa frase a Maria Rovira de las CUP. Con ese tipo de ironía fofa que no hiere pero irrita, Mejías aludía a la famosa asamblea que acabó en empate, donde la CUP decidía si investir a Artur Mas. Pero, sobre todo, pretendía defender la representación como la forma de hacer política más legítima y con menos costes.

Esa arrogancia de la democracia representativa fue lo que el 15M puso en crisis. Uno de los mandatos que produjimos en ese ciclo de movilizaciones fue la necesidad de superar esa representación, un mandato trasladado a esta fase institucional. Precisamente, porque esa representación ha mostrado claras evidencias de no contar con excesiva legitimidad social (solo hay que revisar los barómetros de opinión) ni supone menos costes (los casos de corrupción y de malversación de fondos públicos van en aumento). Eso, claro, no significa tener que decidirlo todo en asambleas. Es un punto de partida muy torpe. Se trata de garantizar mecanismos redistributivos del poder que vayan más allá de la delegación ciega a cargos representativos pero también más allá de la participación instrumental.

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El precio de la comunidad

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Ayer salía en La Vanguardia un reportaje bastante oscuro donde se relacionaba vivir en común y  tener una vida comunal con pagar un alquiler loquérrimo de entre 1.400€-1.900€/mes. Detrás de estos “comunales” no están los principios de los bienes comunes de Elinor Ostrom ni los deseos de Piotr Kropotkin, sino grandes empresas que basan sus modelos de negocio en mercantilizar las relaciones y la anomia.  Para qué andarse con rodeos: a life style design bussiness accelerator.

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El capitalismo colaborativo tiene un plan

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Artículo originalmente publicado en CTXT

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1. La economía colaborativa nos hará libres

Un informe del think tank neoliberal PriceWaterhouseCoopers estima que “los cinco sectores principales de la economía colaborativa tienen el potencial de aumentar sus ingresos de los actuales 15 millones de dólares a 335 millones en 2025”. España es tercera en el ranking europeo, con más de 500 empresas en ese sector y se empieza a celebrar que Barcelona sea una de las ciudades punteras en este tipo de economía. Pero no abramos todavía las botellas de cava.

Como tantos otros grupos de presión interesados en maquillar la realidad, PriceWaterhouseCoopers llama “economía colaborativa” al alquiler temporal de, por ejemplo, coches o viviendas, a través de aplicaciones tecnológicas como UBER o Airbnb. Pero cuando les apetece, también incluyen el software libre, la economía social y solidaria o el cooperativismo. No les interesa saber si la gestión es más o menos democrática, si se cierran o abren los datos y quién los explota, si se reparte equitativamente la riqueza producida, si se fiscaliza la actividad económica y ni mucho menos conocer el impacto social y territorial de su actividad. Todo es colaboración y eso mola.

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¡ Todo el mundo mirando al suelo !

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artículo originalmente publicado en la revista digital Hansel i Gretel

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Hace poco me invitaron a la Fundació Miró para participar en la presentación de un catálogo para una futura exposición comisariada por el artista Antonio Ortega. “Hacía mucho que no pisaba este suelo”, pensé. Y no me refería al suelo de la Miró, sino al suelo amplio del campo artístico. Trabajé durante años en este ámbito pero he ido distanciándome por problemas como el que me propongo explicar.

Siendo sincero, mi relación con el campo artístico es como el personaje de Carmen Maura en ‘Volver’ de Almodóvar o, más bien, como el de Al Pacino en ‘Atrapado por su pasado’ de Brian de Palma. Pero da igual si vuelvo desde la muerte o por la mafia, vayamos a lo importante.

El libro que se presentaba, titulado ‘Autogestión’, reúne aportaciones de varios autores y autoras, en forma de textos, fotos o dibujos. Mi aportación era un texto sobre la génesis política de la ‘autogestión’, sobre cómo esa utopía basada en sostener la propia práctica sin dependencias ni intervenciones externas ha formado parte de un abanico amplio de rutas políticas. Ya sean las más socialmente libertarias, las económicamente liberales o las reconocidas como anarcocapitalistas.

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La gestión comunitaria no es un parche

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Un comentario para las jornadas Cultura Viva y el énfasis que hemos puesto en la gestión comunitaria. Una reflexión más amplia se puede encontrar en el texto “Gestión comunitaria de la cultura” que preparamos Laia Forné y yo para abrir la sesión sobre este tema.

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Cultura Viva o todo lo que pasa a pesar de las políticas culturales

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Escrito para las jornadas Cultura Viva

“Ninguna cultura ha sido creada por el pueblo, toda cultura ha sido creada para él.” Hace 40 años que Gaëtan Picon pronunció esta frase cumpliendo sus funciones para el Ministerio de Cultura francés. Un modelo de Ministerio, el de André Malraux, que a menudo ha sido señalado como excesivamente paternalista y corporativista. Esta idea de Gaëtan Picon, contrasta con otra que nació no hace tanto tiempo en un contexto colectivo: “La política cultural no es la cultura. Las instituciones públicas no hacen la cultura.” Estas eran las dos primeras frases que recogía el comunicado elaborado por la comisión de cultura del 15M en Barcelona, en mayo del 2011. Fuera de contexto pueden sonar como un haiku, pero el conjunto del comunicado dejaba claro que la apuesta era entender la cultura como un conjunto de procesos sociales vivos. Un conjunto de prácticas heterogéneas que no se agotan, ni siquiera empiezan, en las normas y estructuras institucionales. Malraux, ahora no toca.

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Segregación, políticas públicas y sóviets comunitarios

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Artículo originalmente publicado en la revista Treball

Hace unos días aparecía un artículo sobre segregación y gentrificación en el estupendo blog de Politikon  El autor de ese artículo, Roger Senserrich, lanzaba algunas consideraciones a partir de una investigación sobre la evolución demográfica de 95 ciudades americanas realizada por dos urbanistas de UCLA. Entre otras, que las ciudades deben eliminar las regulaciones sobre densidad y las trabas burocráticas que bloquean nuevos proyectos para aumentar la oferta de vivienda. Esto, a la par, debe venir acompañado de políticas de vivienda inclusivas, «añadiendo pisos asequibles en cualquier proyecto urbanístico».

Una de las ideas clave del artículo es que cuanto «más control democrático, burocrático y técnico hay sobre el uso de los edificios en una ciudad, más excluyente y segregado será su urbanismo». En realidad, no es del todo así. O, mejor dicho, depende de qué «control democrático, burocrático y técnico» estemos hablando. El artículo concluye asegurando que «permitir densidad y salirse del medio es mejor garantía para evitar la segregación económica con un intervencionismo (público) que sólo favorece a los propietarios». Y aquí es donde empieza el entuerto. El problema es que ese tipo de enfoques solo miran las medidas públicas relacionadas con el desarrollo inmobiliario, no con el desarrollo urbano, que es una cosa muy diferente. También, que se da por hecho que el fenómeno de la segregación se produce a nivel ciudad o barrio y, en realidad –aunque esto no lo digan los urbanistas de California– en ciudades como Barcelona, la segregación ha sido y es un fenómeno metropolitano.

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Los espacios vacíos de la ciudad participativa

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Artículo junto a Nuria Alabao publicado originalmente en Quaderns

Dos niñas de faldas cortas y trenzas juegan en un círculo de arena con un balancín de madera de líneas rectas. Hace un mes, el espacio de esos juegos y los otros juegos de alrededor estaba ocupado por una gran montaña de escombros de un edificio bombardeado. Estamos en un Amsterdam posbélico de 1947. Desde ese año hasta fines de la década de 1970 –como parte de un programa municipal– Aldo Van Eyck imaginará y construirá más de setecientos parques en medianeras en sombra, esquinas de suburbios, solares ruinosos y patios de todo tipo. Espacios que eran localizados por los propios habitantes de cada uno de los barrios.

***

Los tomates brillan al sol y ya maduros se dejan arrancar fácilmente por una señora mayor de sombrero blanco. El huerto se extiende en buena parte del solar. A un costado, un grupo de personas de todas las edades conversan sobre unos bancos construidos con restos de derribo. Es Manhattan, un día de verano de 1973. La crisis del petróleo golpea Nueva York. La conflictividad social sigue en constante aumento en ciertas áreas donde decae la actividad inmobiliaria. Desde ese año hasta hoy, los Guerrilla Gardens ocupan por cientos solares vacíos de la ciudad.

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El Ayuntamiento de Barcelona está diseñado para que nada cambie

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Artículo escrito para El Diagonal junto a Laia Forné Aguirre | Fundación de los Comunes

¿Qué hace que una revolución ocurra? La socióloga Theda Skocpol se enfrentó a esa pregunta hace más de 30 años. A partir del análisis comparado de las revoluciones francesa, soviética y china, intentó encontrar algunos patrones. La respuesta a aquella pregunta descomunal fue un estudio denso, larguísimo y que no ha perdido pizca de interés. Entre otras cosas, Skocpol diferenciaba entre una revolución social y una revolución política. La revolución política sería una toma repentina y eficaz del poder. La social, una transformación duradera, un cambio en las estructuras de las clases sociales y en el conjunto de la arquitectura institucional.

Las diferencias entre revolución política y social podrían ser las mismas que hay entre la llegada de una ‘candidatura ciudadana’ al Ayuntamiento de Barcelona y la riqueza de los movimientos municipalistas. El municipalismo no está formado por las competencias de un gobierno local sino por los poderes sociales y comunitarios que producen nueva institucionalidad. El municipalismo es la causa, es la potencia social que produce y cuida lo común; el gobierno local es la consecuencia, una codificación de las posibilidades abiertas por el ciclo de movilizaciones que hemos vivido. Y si bien no es útil pensarlas como realidades contrapuestas, las instituciones públicas parecen pensadas para que su relación con los movimientos ciudadanos sea desequilibrada y ortopédica. Incluso imposible. Sigue leyendo El Ayuntamiento de Barcelona está diseñado para que nada cambie

No diga ideología, diga ADN cultural

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Dejo la presentación “No diga ideología, diga ADN cultural” que hice en las jornadas ideología, política y gestión cultural organizadas por la Fundación Pedro García Cabrera y la Asociación de Profesionales de la Gestión Cultural de Tenerife.

Mi objetivo era explicar porqué usar “soluciones técnicas más eficaces” para responder problemas políticos ha servido para normalizar una forma de gobierno y gestión neoliberal.

La política cultura que se ha implementado en algunas ciudades ha jugado un papel crucial en esos procesos de gobernanza. Dicho en corto: los procesos de normalización y la política cultural son amigos que se conocen de toda la vida. La cultura ha servido para producir una idea de patrimonio, de gusto, de ciudad, de cohesión social. La cultura normaliza. En Barcelona, la cultura ha funcionado como dispositivo de consenso.

Y la pregunta que no está resuelta: ¿qué nuevas normas traen los nuevos valores? ¿qué nuevos procesos de normalización conlleva una gestión basada en el bien común?

Blog de Rubén Martínez Moreno