El contrapoder como sentido común

Artículo originalmente publicado en Nativa.cat

No a todos los jóvenes les gusta el 15M. Algunos dudan sobre si el 15M «ha servido para algo». Algunos creen que no ha sido un proceso exitoso por su «falta de resultados». Otros creen que las movilizaciones actuales «han servido para concienciar un poco pero todo sigue igual».

Estas citas están extraídas de opiniones reales lanzadas durante unos grupos de discusión con jóvenes de entre 16 y 25 años. En total, cinco grupos de diez personas realizados apenas hace unos meses en Madrid y Barcelona [1]. En todos los grupos había paridad de género, estaban formados por jóvenes que habían cursado la ESO pero que no habían finalizado estudios de grado y, en todos los casos, tenían conexión a internet en casa. El tipo de selección permitió recoger voces plurales, con visiones diferentes de su entorno social. Grupos en los que hablábamos durante dos horas sobre formas de comunicación y acción colectiva, sus preferencias y valores personales o comunitarios y sus usos más o menos intensivos de Internet. Conversaciones en las que algunos tópicos parecían asomarse, algunos se escurrían y otros invertían su sentido.

De entrada, podrían chocar las visiones escépticas frente al 15M si las comparamos con las encuestas que han ido apareciendo y señalando una alta aceptación social. Pero a pesar de esas opiniones, a pesar de encontrar algunas expresiones que ponían en duda la utilidad del nuevo ciclo de movilización social, eran jóvenes 15mayistas. No, no es una contradicción. El tema clave es que en todos los grupos era palpable un imaginario crítico fruto de la ola de acción social. Una serie de recursos de análisis críticos producidos socialmente que genera agarraderas conceptuales y una mirada destituyente frente al poder político y mediático pero que, a su vez, parece que no logra borrar la incertidumbre con la que viven el día a día.

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Las tecnologías son la muerte. Los jóvenes son zombis

Texto publicado en Nativa.cat


A menudo cojo los ferrocarriles desde Plaça Catalunya donde siempre suben grupos de estudiantes de entre 15 y 20 años que bajan en el polígono de Sant Joan. La mayoría tienen móvil, y es frecuente ver escenas de 5 o 6 chavales que lo usan intensivamente mientras llegan a su destino. Algunas personas más mayores suelen quedarse eclipsadas con la situación. Las caras de estupefacción de adultos mirando a chavales que miran pantallas casi hablan por sí solas. Yo miro a los adultos que miran a los chavales que miran a las pantallas. Observar a quien mira siempre explica cosas de tu entorno o, más bien, es la excusa que me doy para ser, sin angustias, un voyeur metropolitano. El caso es que hay gente que además de contemplar la escena, expresa sus sensaciones en voz alta. En Barcelona pasa pocas veces, pero pasa.Hoy ha sido uno de esos días.

Una persona de unos 60 años, mientras estaba mirando a los jóvenes que miran pantallas, ha lanzado un comentario dirigido a su acompañante pero sin apuro porque le oyera todo el vagón: “madre mía, cómo ha cambiado todo”. Ése clásico. Su acompañante, ha arriesgado un poco más en la respuesta. Si bien innovador pero más cuidadoso, ha susurrado: “Parecen enfermos..”. Llamarles enfermos dejaba el listón alto, pero el punto álgido lo ha traído otro espontáneo. Alguien que no parecía conocer ni a uno ni a otro –la cercanía mañanera en el transporte público facilita momentos de tuteo– se ha tomado la libertad de sumarse al escarnio con algo bastante turbio: “Bueno, pero por lo menos ahora hablan con alguien”. Por lo menos ahora hablan con alguien. Ojo con eso. Asimila el diagnóstico enfermos y golpea en la nuca. Nadie ha añadido más matices y el último tertuliano ha bajado en la parada Muntaner. Los demás hemos seguido haciendo lo que veníamos haciendo, mirar o mirar a quien mira.

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En una palabra: democracia

Texto publicado en Nativa.cat.

«Escuchad una palabra que para mi y a partir de ahora para todos va a ser muy importante: baloncesto»

Pepu Hernández, el entonces seleccionador del equipo español, dijo esto cuando ganaron el Mundial del 2006. No sonaba ridículo, ni absurdo, ni ingenuo. Más allá de lo simpático que resulte el baloncesto, las selecciones o los mundiales, en esa frase asomaba algo potente. Lo que se decía era simple: “jugamos a esto, parece que lo hacemos bien, tal vez el baloncesto sí que importa”. O más simple: “Hola, estamos aquí”. Un toque de atención, un aviso, una alerta para aquellos que pensaban que toda esa energía simplemente no existía. Un gesto que se basa en una manera particular de subrayar lo obvio y que por eso se vuelve poderoso. Poderoso porque es una reivindicación tan sencilla y humilde como amenazante y empoderadora.

«Escuchad una palabra que para nosotrxs y a partir de ahora para todxs va a ser muy importante: democracia»

Esto dijo el #15M al transmitir una manera de entender la Democracia que ya no tiene marcha atrás. La Democracia ya no significa simplemente votar cada 4 años, sino autogobierno y control sobre el poder, bienestar y justicia social, derechos sociales e instituciones de garantía. También valores compartidos y prácticas directas de gestión de lo común, procesos de deliberación permanentes en todas las escalas de gobierno e instrumentos para rediseñar normas que se adapten a nuevos procesos sociales. La Democracia vuelve a tomar pleno sentido. Subrayando lo obvio dijimos: “Hola, estamos aquí.” Una reivindicación tan sencilla y humilde como amenazante y empoderadora. Hoy democracia ya no significa votar a un candidato ni es sinónimo de un tedioso espacio de rifirrafes entre partidos políticos que creen monopolizar las competencias técnicas para gobernarnos. Hoy la democracia es un cambio en las reglas de juego. Esa idea de democracia ya forma parte del sentido común, justo eso fue lo que ganamos.

Más democracia, una democracia genuina o una mayor profundización en los valores democráticos, supone entonces practicar algo constituido por diferentes dimensiones. La democracia es tanto una actividad cívica como un nuevo régimen; otra forma de sociedad emergente que inventa un modo de gobierno. Esos cambios en nuestra cultura democrática empiezan a perfilarse ya como un hecho, pero los cambios en las reglas del juego son todo un reto.

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Artículo: Internet y política (versión 1.0)

Este artículo forma parte de un proceso de investigación más amplio realizado por el grupo de investigación IGOPnet y otros investigadores externos que han colaborado. El objetivo general era hacer una revisión de la literatura existente sobre las relaciones entre jóvenes, Internet y política, así como un desglose detallado de diferentes metodologías y formas de investigación en red. El objetivo particular del presente texto es situar las diferentes formas de política que emergen de la red alejándose de pensar Internet como mero objeto técnico o como dispositivo externo a las realidades sociales que atraviesa.

Finalizado en diciembre del 2013, la compilación de artículos que resultaron constituyen un trabajo preparatorio para una investigación que actualmente estamos diseñando. Esa investigación estará centrada en la incidencia que la red tiene sobre formas tradicionales de organización política así como en el análisis de nuevas formas organizativas que surgen con y desde la red.

Esta investigación ha sido financiada por el Centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud de la FAD a quienes agradecemos su inestimable colaboración y confianza.

También se puede descargar en academia.edu o, sin registro, en el siguiente enlace: http://leyseca.net/PDFs/INTERNET_y_POLITICA_v01_rubenmartinez_igopnet.pdf

Internet y política (versión 1.0). Política para la red, política con la red, política desde la red by Rubén Martínez

La econonomía de la cultura no existe

Texto publicado en Nativa.cat. También, en versión en català

Para el Fòrum d’Indigestió de 2013, “Indústries creatives, i gestió comunitària, dues maneres de mirar la cultura” preparé dos aportaciones a las preguntas iniciales: Qué es la gestión comunitaria? Qué diálogo establece con la economía de la cultura?. Las dos respuestas, sobre las que dejo a continuación un texto explicándolas, eran muy concretas: la economía de la cultura no existe y siempre hay gestión comunitaria en todo tipo de producción.

1. Economía de la cultura

No existe ninguna cosa que podamos denominar economía de la cultura del mismo modo que no hay un espacio abstracto al cual podamos denominar “economía”. Lo que sí existe es la economía política de la cultura. No hay en el mundo ningún sistema de mercado que opere sin intervención pública, que no haga servir ciertos protocolos legales que fomenten y aseguren un tipo de intercambio, que no intente delimitar unas formas de producción, distribución o consumo, que no facilite la entrada de ciertos sujetos sociales y dificulte la entrada de otros (con criterios de clase, género y etnia) o que no esté determinado por factores que escapan al control social como el dinero, el crédito o la forma mercancía. Dicho más fácil: no hay mercados desregulados o no intervenidos. Por eso no hay economía de la cultura, hay economía política de la cultura.

Las ideas de la economía liberal, insistente a la hora de pensar el mercado como un espacio que se produce por parámetros automáticos y donde los sujetos actuamos libremente guiados por la “razón instrumental”, son meras fabulaciones. La historia y un análisis materialista de la economía (o la cultura) dejan bastante claro que no encontraremos espacios de intercambio mediados por mercados que sean neutros, apolíticos y –todavía menos– democráticos. Por lo tanto, no hay economía sin política como de hecho no hay economía de la cultura sin políticas culturales. El rumbo histórico de las políticas culturales en Cataluña que han querido fomentar las industrias culturales son un buen ejemplo. Las políticas de la ICIC (Institut Català d’Indústries Culturals) y hechos concretos como, por un lado, las intervenciones exteriores que se hicieron para “vender la cultura catalana” y, por otro lado, la imposibilidad de devolver los créditos que este organismo otorgó, acentúan esta realidad.

Esto lleva a una conclusión bastante clara: no hay una forma de hacer políticas culturales para un mercado preexistente, sino que hay muchas formas de hacer políticas para mercados que se tienen que construir o para mercados que han sido construidos históricamente. Aquí es donde podemos situar la batalla política, puesto que unas intervenciones u otras, tendrán como resultado un tipo de mercados culturales u otros. La idea de “adaptarse” a mercados culturales ya existentes es profundamente política, ni mucho menos una vía “neutra” o la única manera de intervenir sobre espacios económicos. Esto está bastante claro en el discurso de las industrias creativas, comento un ejemplo para situarlo mejor.

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Los derechos sociales como nicho de mercado

Texto originalmente publicado en Nativa.cat

¿Sirve la innovación social para sustituir a los derechos sociales? ¿por qué ahora interesa tanto a los Estados europeos fomentar el emprendizaje social? ¿por qué esas prácticas consideradas antes como extra-económicas y propias de la cooperación social ahora se entienden como servicio público y como creadoras de trabajo?. Para pensar en estas preguntas, más que fijarnos en los procesos de innovación social, en aquellas prácticas de base ciudadana que responden a demandas sociales de manera más efectiva que Estado o mercado, podemos mirar un poco más atrás y preguntarnos ¿qué ha pasado con los Estados?

En el libro “El futuro del Estado capitalista” (2002), Robert Jessop analiza la construcción en Europa de lo que llama el Estado Competitivo Schumpeteriano. Detrás de esa denominación encontramos una respuesta política a las primeras crisis contemporáneas, un intento por parte de los gestores estatales, los funcionarios, las fuerzas económicas y no económicas, por transformar el Estado de pleno empleo Keynesiano en un Estado competitivo. Un intento por reescalar y rearticular sus actividades, y por desarrollar nuevas formas de gobierno y gobernanza para hacer frente a los problemas derivados de los “fallos del Estado” y “fallos del mercado”.  Para generar cambios en los modos de crecimiento, regulación y socialización –que Jessop analiza con una densidad obsesiva– la necesidad de innovación se extiende más allá de elementos tecnológicos, incluyendo «sistemas sociales de innovación en diferentes escalas, el cultivo y la promoción de una cultura de empresa y sujetos emprendedores, y una amplia gama de innovaciones organizativas e institucionales que tienen que ver con las cambiantes formas de competitividad» (Jessop 2002: 155).

Este giro del modelo de Estado está directamente relacionado con una creciente subordinación de la política social a la política económica. A partir de los 80, el salario social que representa el gasto en bienestar se entiende como un coste de producción igual que el salario individual, o lo que es lo mismo, si hay que reducir costes, se pueden reducir derechos. También se extiende la idea que asocia la tributación con un desincentivo al esfuerzo, el ahorro y a la inversión. Justo esas son las aptitudes que debe asumir un emprendedor, crearse su espacio de trabajo y sus propios derechos a través del esfuerzo, el ahorro y su propia inversión. Se empieza a entender que los derechos sociales no son conquistas irrenunciables que hemos adquirido defendiendo un modelo social más igualitario y justo, sino que son servicios que nos tenemos que merecer día a día por los esfuerzos que hacemos en un espacio económico determinado. Un espacio económico que no es homogéneo, donde no entra todo el mundo, donde hoy estás y mañana ya veremos. Un espacio que por mucho que se insista, no tiene nada que ver con algo que podamos llamar “democrático”. La forma Estado que resultó de las luchas sociales ha sido un pésimo custodio de los derechos. El Estado es hoy un conjunto de dispositivos que sortean esos derechos bien para su gestión más eficiente bajo las políticas de “austeridad” o bien para que los emprendedores sociales se busquen la vida. Una salida individual que aprovecha el desplome colectivo.

Y aquí encontramos una de las claves de porqué hoy interesa tanto la innovación social a escala europea. Frente a la crisis de legitimidad, la crisis económica y la falta de medidas para la creación de empleo, la respuesta europea es “innovación social”. Frente a la crisis de legitimidad del Estado ¿quién más legitimo que el propio ciudadano para diseñar servicios públicos? Frente a la crisis económica y la falta de liquidez pública ¿qué servicio público a menor coste puede haber que el realizado por la propia ciudadanía? Frente al desempleo ¿qué mejor manera de incentivarlo que a través de fomentar el emprendizaje? La jugada no es mala, es terrible. Básicamente porque se reduce el servicio público a la activación de un mercado de emprendeduría social. La desposesión de derechos sociales crea un espacio desatendido que abre camino a un mercado “social”. Los derechos como nicho de mercado.

El Reino Unido fue el primer Estado europeo que puso en marcha políticas de fomento de la innovación social. A partir del 2002, el New Labour desarrolló la primera estrategia a nivel europeo centrada en las empresas sociales bajo la denominación ‘Social Enterprise: a strategy for success’. En el mismo año, se inauguró el Social Enterprise Unit, el primer departamento específicamente dedicado a fomentar un “entorno favorable” (así lo llaman) para la puesta en marcha y desarrollo de la emprendeduría social. A partir de estos primeros hitos, durante la última década se ha consolidado un área extensa de acción bajo los gobiernos de Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron. Un rumbo que sobrepasa la orientación y las políticas de partido, marcado por cambios en el modelo del Estado de Bienestar y por cambios en la economía de mercado.

Esta estrategia se está extendiendo al resto de países europeos. Cada uno a su manera, adopta medidas para cambiar el Estado de bienestar por una “sociedad participativa”. Y es que el problema tal vez no sea el Estado, sino su forma capitalista. Cuando cuestionamos el papel del Estado hoy, no es ni mucho menos por pensar que no hagan falta medidas de redistribución, de asistencia pública universal o de justicia social, sino porque no queremos dejar nuestras vidas en manos de unos pésimos guardianes. El ciclo actual de luchas sociales lo ha dejado clarísimo: no se trata de más o menos Estado, sino de más o menos democracia. No se trata de pensar cómo recuperar el Estado de bienestar, sino de diseñar y defender instituciones de lo común. Instituciones donde los derechos no son añadidos ni nichos de mercado, sino una forma de entender la vida social que no necesita ni matices ni emprendedores.

¿Qué harías tú en mi lugar?

Texto originalmente publicado en Nativa.cat

Estamos a principios del año 2.300, justo el momento en que ha empezado a confirmarse una noticia perturbadora. Al parecer, hay seres creados artificialmente que han conseguido camuflar su naturaleza inorgánica y han establecido vínculos de amistad con seres humanos. Escapando al control institucional, se han ido generando comunidades y redes mixtas donde, sin saberlo, músculos y cables viven en concordia.

Algunos intelectuales neomaterialistas creen que esos lazos son imposibles de diferenciar de los establecidos entre seres humanos y que, bien visto, poco importa. Otras corrientes, preocupadas por la corrosión social y moral que supone dar por naturales esas relaciones, han lanzado diversas conjeturas sobre cómo descubrir si tu amigo bebe agua o aceite industrial. Algunas teorías trabajan a partir de metodologías mecánicas. Para llevarlas a cabo, apenas hace falta algo más que un martillo, un cincel y cruzar los dedos. Otras hipótesis se basan en argucias discursivas. Quienes las defienden, aseguran que si se siguen ciertos consejos y se conduce de manera adecuada la conversación, se puede descubrir qué tipo de sujeto tienes delante. Esto ha abierto camino para la aparición de best sellers amarillistas que han reventado el mercado editorial (sí, todavía existe) bajo títulos como “libertad, igualdad y entradas USB” o “¿Y si duermes con una estufa pero no lo sabes?”. Las autoridades están algo nerviosas. En todos los colegios estadounidenses se recomienda ver Blade Runner a diario. En Europa, han crecido los grupos de lectura sobre Robespierre. En Asia, pasan del debate sin entender a qué responde tanta preocupación.

En medio de todo este sarao, dos amigos se citan para tomar un café. Llevan tiempo manteniendo el contacto, pero hace mucho que no quedan en persona. Quieren verse hace meses, pero la cita se ha pospuesto una y otra vez, bien por incapacidad para gestionar su tiempo, bien por una profunda incomodidad existencial. Ambos tienen conciencia de ser plenamente humanos, pero se han obsesionado tanto por el asunto que incluso han llegado a dudar sobre su propia naturaleza. Se quieren profundamente, pero ante la insistencia mediática y el revuelo social, no pueden deshacerse de la sospecha sobre el otro.

En la cabeza de uno resuena lo de “¿Y si Jorge fuera uno de ellos?”. En la cabeza del otro, resuena lo de “¿Y si Miguel fuera uno de ellos?”. Jorge es un socialdemócrata convencido. Miguel, un anarcocapitalista de los que hacen época. Y si sus posiciones políticas contrapuestas, más que dañar, han alimentado su amistad, ¿por qué el entente entre los huesos y el titanio debería ser ahora un problema?. El caso es que no pueden mantenerse al margen de este tema. Bien visto, la autenticidad de su amistad entraría en crisis si descubren que el otro ha ocultado algo tan importante. No es solo el temor a mantener una relación con un organismo extraño, sino sospechar que la mentira puede haber formado parte de sus vidas desde el momento en que se conocieron. Por otro lado, también pueden llegar a entender que el otro lo haya ocultado. Tal vez el miedo al rechazo cuando la relación empezaba a cuajar sea motivo suficiente para evitar poner algo tan abyecto sobre la mesa. Mezclado con todas esas preguntas, temen convertir el feliz encuentro en un interrogatorio (dando a entender que dudan de su amigo) o verse sometidos a un juicio en el que tendrán que demostrar si su fuero interno chorrea sangre o algoritmos. Todo apunta a que va a ser un café de difícil digestión.

Horas antes de verse, ambos reflexionan sobre cómo abordar el tema. Miguel, después de darle muchas vueltas, llega a una conclusión. Jorge, después de darle otras tantas, llega a la misma. Cuando aparezca el tema compartirán su ansiedad con un: “¿qué harías tú en mi lugar?”. Ambos toman muy en serio esa postura, dándose cuenta que solo el otro puede comprender mejor que ellos algo que se les escapa. Descubriendo por un momento que Jorge conoce mejor a Miguel que él mismo y, viceversa. Sin todavía verse, en parcelas separadas, ya han dado respuesta a la pregunta sobre el origen y la autenticidad de su vínculo. Pues no encuentran mejor manera de solucionar ese entuerto identitario que deliberar con un amigo qué camino tomar.

Lo normal

texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat

Llevo 15 años viviendo en el Raval de Barcelona. Muchos de los relatos que corren sobre lo que se cuece en el barrio, tanto los más oscurantistas como los más trendies, quedan lejos de su heterogeneidad. Son meras fabulaciones que no logran captar la complejidad de un contexto que durante los últimos 20 años ha padecido todo tipo de intervenciones quirúrgicas. Los diversos procesos de higienización, estigmatización, y los planes urbanísticos para fomentar la gentrificación, han sido edulcorados con inyecciones culturales y endorfinas creativas. Intentos por normalizar aquello que se considera un problema. Intentos para poder gobernar mejor lo otro. Intentos que, en parte, han sido frustrados.

Según algunos estudios realizados a principios de los dosmiles sobre el barrio, mi perfil coincidiría con el de un “gentrificador recién llegado”. Menudo planazo. Prometo que en aquel momento no tenía ni idea. Siempre se me tuerce la expresión al verme cerca de caracterizaciones que aparecen en textos como ‘Cultura y transformación social en la Barcelona central’ (2004):

«¿Cómo caracterizaríamos a estos recién llegados? Si tuviéramos que hacer un retrato sociológico podríamos decir que suelen tener estudios superiores (más de la rama de letras que de la de ciencias), no suelen ocupar posiciones dominantes o privilegiadas dentro de las profesiones intelectuales, no son empresarios y no ocupan puestos de decisión significativos. Son, pues, personas que parecen estar un poco al margen de las dinámicas económicas habituales. Se dividen entre estables (trabajan para la Administración o para alguna institución) y precarios (en situación de espera de oportunidades) y algunos alargan en cierto modo la vida de estudiante haciendo pequeños trabajos o llevando una doble vida (un trabajo práctico ligado a una competencia concreta) que les permite continuar un itinerario artístico o intelectual

Como en todos los barrios de vida intensa, existen muchos Ravales. Pero son continuas las intervenciones para homogeneizar la vida del barrio, para normalizar las desigualdades sociales, para fomentar la substitución social, para culturizar y modernizar sus zonas degradas. El Raval siempre ha sido zona de pruebas para una de las formas más perversas de ingeniería social, la que utiliza la cultura como pretexto para limpiar y modernizar los barrios populares. Desde que llegué, hasta 15 años después. Antes y durante la crisis anunciada.

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El siglo de la fraternidad

Dejo aquí el texto publicado en el Cultura/s de La Vanguàrdia en el especial “El siglo de la fraternidad“. Una breve compilación donde comparto espacio y motivación junto a Ingrid Guardiola, Marina Garcés y Antoni Marí. El resto de las aportaciones, se pueden leer aquí (con versión en català de mi aportación).

Los bienes comunes, ¿una nueva ‘Gran Transformación’?
En el libro ‘La Gran Transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo’ (1944) Karl Polanyi realizó una dura crítica al liberalismo de mercado, una de las que más han perdurado. Polanyi nos recuerda que antes del siglo XIX, la sociedad no operaba como un accesorio del mercado. El mercado era un elemento secundario de la vida económica; el sistema económico estaba integrado en el sistema social.

El actual sistema de mercado como regulador social no surgió de manera natural ni tampoco vino provocado por una retirada de la acción estatal. Para producir una sociedad de mercado, o dicho de otra manera, para subordinar todos los propósitos humanos a la lógica de un impersonal mecanismo de mercado, fue necesaria una acción consciente y a menudo violenta del Estado. Como señalaba Polanyi «para que este proceso se organice a través de un mecanismo autoregulado de intercambio, el hombre y la naturaleza tendrán que ser atraídos a su órbita; tendrán que quedar sujetos a la oferta y la demanda, es decir, tendrán que ser tratados como mercancía, como bienes producidos para la venta». Vivencias y recursos que constituían un espacio de potencia social fueron convertidos en «mercancías ficticias»; el ser humano pasó a ser fuerza de trabajo para ser vendido al precio del salario, la naturaleza pasó a ser tierra para poder negociarse al precio de las rentas que produjera. Así se convirtió en producto de mercado lo que constituía la base de la vida comunitaria. La sustancia misma de la sociedad fue subordinada bajo la dirección de los precios del mercado. Esto es lo que Polanyi denomina, irónicamente, ‘La Gran Transformación’.

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Me encantaría, pero no me apetece

texto originalmente publicado en la columna “lotería de palabras” de Nativa.cat

Comprometerse suena a lastre, a carga, a atadura. Oír hablar de compromiso hace saltar las alarmas de la autonomía individual. Debemos ser libres, independientes y autónomos. El primer paso para comprometerse es medir si nos cuadra con nuestro código privado o si es suficientemente placentero como para invertir en ello. Hay que sacrificarse para uno mismo, hay que comprometerse con causas de ida y vuelta. La libertad se planifica, el compromiso se gestiona, la autonomía se decide. O por lo menos, así está grabado en piedra en el decálogo del buen emprendedor y así son las vidas contemporáneas deseables representadas en algunos medios.

Paradójicamente, vivimos en un momento de profundas desigualdades mientras tenemos que sentir que decidimos en plena autonomía. Hemos generado anticuerpos hacia el compromiso ya que se presenta como elemento central de una vida gobernada por un “afuera”, una vida no deseable ya que contiene ataduras que uno ni elige ni controla. Actitudes hedonistas, individualistas, basadas en la búsqueda de autonomía plena que intentan negar la vulnerabilidad e interdependencia propia de la existencia. Cuidado, que el compromiso es sumisión. Así lo retrata Phoebe, una de las protagonistas de la serie Friends. En uno de los capítulos, Phoebe lanza un comentario que resume de manera sorprendente gran parte de esta doxa. Frente a la petición de ayuda de sus amigos en un momento de necesidad, Phoebe cierra la secuencia con un «Me encantaría, pero no me apetece»

Descubrí este gag y su enjundia cuando Carolina del Olmo lo citaba en su maravillosa charla del Festival ZEMOS98. Durante su exposición, Carolina comentaba que «El chiste reside en que Phoebe confunde dos ámbitos radicalmente distintos, el de las preferencias con el de la obligaciones. Uno no hace un favor a un amigo porque le apetezca, lo hace porque se siente obligado. Por supuesto es estupendo que te apetezca aquello a lo que estás obligado, pero no tendría que ser una razón para ello.»

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Blog de Rubén Martínez Moreno